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InternacionalesEn manos de capitalistas, Japón y el mundo que conocemos, se acercan a su final

Miércoles 16 de marzo de 2011
La anarquía de la producción capitalista es la principal amenaza

Por Carlos Petroni

En manos del capitalismo, la energía nuclear es suicidio colectivo. Lo demuestra ahora Fukushima, donde los seis reactores que posee la planta están fatalmente dañados y empiezan a liberar nubes de radioactividad que comprometen la vida de millones. Fukushima no es sino el recordatorio mas visible de Chernobyl, Three Mile Island y docenas de otros “accidentes”.

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Fukushima era una planta nuclear obsoleta de los años 60. Construída como una ruleta rusa gigantesca sobre fallas sísmicas conocidas, a muy poca distancia del mar y sus potenciales tsunamis y en medio de una población de docenas de millones de habitantes.

Ahora, en medio del desastre, comienza a emerger la historia de un gobierno y empresas japonesas y extranjeras que ocultaron accidentes anteriores, negaron el necesario mantenimiento a la planta y la construyeron, y con el tiempo la ampliaron, teniendo en vista exclusivamente las ganancias potenciales para los capitalistas.

La naturaleza, con su violencia, puso al descubierto en un día, la fragilidad de la tecnología nuclear empleada recortando costos, arriesgando innecesariamente, solo para proporcionar energía eléctrica fundamentalmente para las grandes industrias japonesas. También expuso como un hueso triturado los limites de una tecnología que no tiene recursos para reparar los daños en caso de un “accidente” como el de Fukushima.

Sencillamente, no hay nada que la ciencia y el gobierno japonés puedan hacer para resolver la catástrofe. Una vez desencadenada solo resta esperar los cientos de miles, tal vez millones de muertos, la ruina económica del país, ante la mirada aun shockeada de los trabajadores y sectores populares japoneses y del mundo y la más cruda indiferencia edulcorada con palabras criticas y acciones simbólicas de todos los burgueses del país y del mundo.

Alemania decide entonces cerrar plantas nucleares obsoletas, el gobierno francés se expresa en duros términos contra el japonés por permitir que se haya desatado esta crisis; el imperialismo norteamericano corre a ocultar sus propias fallas nucleares en cierne. Hasta el “progresista” Chávez debe congelar su plan de construcción y desarrollo nuclear porque “descubre” que, aunque aun en la etapa de planeamiento y construcción, encierra todos los peligros que desató la tragedia japonesa.

Todo esto es un reconocimiento de las intenciones criminales de la clase burguesa internacional que no tiene el más mínimo reparo en derramar hoy lágrimas de cocodrilo y esperar pacientemente que el tiempo haga olvidar este nuevo asesinato en masa. Ya pasó, repetimos, en Chernobyl y Three Mile Island y en muchas otras instancias. Luego volverán, si pueden, a las mismas prácticas.

El capitalismo debe proporcionar ganancias a los emprendimientos energéticos para el consumo de sus maquinarias industriales. Todo lo demás se supedita a ello, incluso la vida, los hogares, los trabajos y la seguridad de todos los demás habitantes del planeta. Se reducen las regulaciones y, cuando no, se circunvalan; se ocultan los accidentes; se utilizan materiales inferiores; se recortan costos de mantenimiento; se cercenan salarios de los trabajadores; se economiza en la investigación tecnológica de resolución de catástrofes; se estira la vida productiva de las plantas mucho más allá de la expectativa de vida de las mismas; se deja librado al azar y los contorneos políticos la disposición de residuos y como lo ha demostrado fehacientemente, se construye y trabaja en zonas específicas donde hacerlo es una invitación diaria al genocidio nuclear.

Los gobiernos colaboran en esta tarea de incentivar las ganancias haciendo oídos sordos a las quejas de científicos e investigadores, no aplicando las leyes existentes o aguándolas aun más, extendiendo permisos a plantas más allá de su expectativa de vida útil. Las empresas han llegado al colmo de ni siquiera informar a los gobiernos, mucho menos al público, de los desastres. Ahí queda la anécdota del Primer Ministro japonés que se entero de la última explosión en los reactores de Fukushima por los medios de difusión. Tanta es la impunidad que sienten los empresarios.

Como durante el desastre del Huracán Katrina en Nueva Orleans o los devastadores tsunamis del 2004 en Asia que dejaron mas de 300.000 muertos en una docena de países, las defensas costeras, los avisos adelantados de la proximidad de los desastres, los planes de evacuación y la asistencia inmediata a las víctimas simplemente no existieron o se evaporaron en los primeros momentos. Los gobiernos estuvieron ausentes en la prevención y luego en el remedio y la asistencia inmediata.

En Japón, el desastre nuclear también expuso ese papel del gobierno burgués. En mares de terremotos, maremotos y tsunamis, las grandes olas invadieron cientos de kilómetros de tierras que no deberían haber estado pobladas, destruyeron defensas insuficientes como si fueran de papel y anegaron plantas petroquímicas y nucleares que no deberían haber estado construidas donde estaban.

Claro que esto no se limita a las plantas nucleares. Se hace en todas las industrias. ¿Recuerdan Bhopal y el desastre petroquímico de Union Carbide en 1984 en la India?, ¿y los derrames de petróleo en Alaska y mas recientemente en el Golfo de México y otros cientos de ellos ocurridos en la última década solamente? ¿Los aviones que se caen, los trenes que descarrilan, los colectivos que chocan porque se han eliminado regulaciones, recortado mantenimiento, extendido la vida útil de los mismos e incentivando las ganancias sobre la seguridad?

Bhopal: Entre 6.000 y 8.000 personas murieron en las secuelas inmediatas y más de 12,000 muertes adicionales se han atribuido a enfermedades relacionadas. Hoy día los efectos de la nube tóxica que afectó a 600,000 personas siguen haciendo estragos en mas de 150.000 de ellas.

El desastre de Fukushima es mucho más letal y masivo, tiene el nivel de un genocidio capitalista y por ello sacude la conciencia del mundo. Pero el capitalismo y los burgueses aplican las mismas prácticas en cuanta industria poseen, en mayor o menor escala, en todas ellas. Y en todo el final puede ser cuantitativamente mayor o menor, pero siempre el resultado es nuestra muerte y la muerte paulatina del planeta.

La vorágine del consumo, sobre todo en los países industrializados y entre las clases sociales dominantes y las privilegiadas está poniendo excesiva presión sobre los recursos naturales y una superexplotación desmedida de la naturaleza agravando la reacción de la misma ante la violación sin límite de su balance. Así, inundaciones y tsunamis, terremotos y huracanes golpean sobre la sociedad humana que no ha sabido ni ha querido evitar tal destino mediante la planificación mundial de recursos y ubicación geográfica de los mismos, amen de aliviar el consumo innecesario y la anarquía de la producción capitalista que agrava lo que son fenómenos naturales.

El capitalismo, como sistema mundial está exhausto. Vive un periodo de agonía mortal y es allí cuando es mucho más peligroso. Ha movilizado todas las defensas para sobrevivir lo inevitable y ha contado para ello con el endurecimiento de sus regímenes políticos, el recorte de los beneficios democráticos de antaño de las masas e impulsado una devastación extrema para suplir lo que no ha sabido crecer sustentablemente. Es hora de acabarlo o él acabará con el planeta y con la civilización humana tal cual la conocemos.

Todos los pueblos del mundo pueden mirarse en el espejo de África (mutilada de sus recursos, violada con guerras e invasiones, luchas tribales y enfermedades y pandemias que liquida uno tras otro los estados nacionales) o en la tragedia devastadora en curso que hará desaparecer al Japón que conocemos hoy y lo transformará en una ruina de su pasado. Ese es el futuro de todos nosotros en manos de los capitalistas. ■


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