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InternacionalesBrasil: ¿Nacido para ser imperio? - Parte I

Brasil: ¿Nacido para ser imperio? - Parte I
Por Carlos Petroni

Desde el punto de vista de la teoría marxista es disputable si Brasil ya es un país imperialista (aunque de segunda línea), o tiene algunas características del mismo o se encuentra simplemente en un estadio intermedio, actualmente luchando por el hegemonismo regional, como paso previo a convertirse en imperialista.

Es innegable que mantiene rasgos de semicolonia. Grandes multinacionales gravitan en la economía brasileña y ejercen una influencia económica y política notable. Desde Haití al Medio Oriente, Brasil no mantiene, en los hechos, una política exterior independiente del imperialismo. Cuando difiere con el norteamericano, generalmente es porque esta sirviendo al europeo.

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El control económico regional, el control de mercados comerciales en Argentina, Bolivia, Paraguay y otros países, así como la creciente exportación de capital financiero a países de Latinoamérica y otros continentes dan, sin embargo, la base para un análisis que, al menos en gran medida, difiere de la caracterización tradicional de un país semicolonial.

La creciente intervención, incluida la intervención militar (pero no limitada a esta), de tropas brasileñas en “misiones de paz” de la ONU, en algunos casos liderando fuerzas multinacionales como en Haití, acrecientan los elementos para esta hipótesis. Podrá decirse que sirven los intereses globales del imperialismo, pero la opinión de las Fuerzas Armadas Brasileñas difiere. Ellos creen estar cimentado una política militar independiente al servicio de “los intereses nacionales.”

Por otro lado, la propia historia de Brasil y los deseos y ambiciones de su clase burguesa no dejan dudas de sus intenciones imperiales.

Una colonia con privilegios

El Tratado de Tordesillas de 1494, destinado a limitar el expansionismo Español, le otorgó a Portugal tierras que nadie nunca había visitado y de las cuales no se tenía noticias.

Brasil, esa gran masa de tierra, jungla, planicies, montañas y cerros, fué para Portugal y su corona tanta sorpresa como fué la llegada de los portugueses para los nativos de Brasil.

Las colonias portuguesas nada tenían que ver en la forma o el método con las colonias de otros imperios, como el español. Portugal, debido a su poca población, nunca había intentado la colonización de los territorios a los que llegaba.

En su lugar estableció una ruta mercantil de Europa a la India, punteada por enclaves y puertos que servían de paradas a las armadas y convoyes comerciales del imperio. Brasil se hallaba fuera de la ruta mercantil a la India.

Por lo tanto, esto resultó en su transformación en una colonia única para el imperio portugués: abastecería la Metrópolis y a los enclaves coloniales alrededor del mundo con madera, café, azúcar, ganado, productos agrícolas y luego con piedras preciosas y minerales.

De hecho, en el transcurso de su relación dependiente con el imperio, la explotación de gemas preciosas fue uno de los grandes recursos económicos para sostener la corona. El período de 1710-60 fue el de mayor prosperidad debido al impuesto “del quinto real” establecido sobre las piedras de Brasil, aún cuando ya para entonces la ruta mercantil portuguesa yacía en ruinas, destruida por la acción del imperialismo holandés.

A cambio de sus aportes a la corona, los colonizadores portugueses en Brasil fueron beneficiados con una gran libertad de acción y prósperos negocios ya que se les otorgaba concesiones reales generosas (franquicias similares a las otorgadas por los Británicos en Norte América.).

Al resistirse primero y refugiarse luego en la profundidad de las junglas, los indígenas de Brasil fueron pronto reemplazados por esclavos africanos que fueron introducidos desde 1530 y que llegaron a sumar entre 3 y 4 millones sobre los que se concedió absoluto dominio a los colonos portugueses.

Al principio, el poder entre los colonos lo ejercía la oligarquía de los rancheros del norte, pero pronto, a medida que Brasil se semi-industrializaba, los centros del poder pasaron a Sao Paulo y en parte también a Río de Janeiro. El consenso logrado entre los colonos fue forjando así una clase dominante propia de la colonia.

El imperio británico jugó un rol muy importante en el desarrollo mercantil e industrial del Brasil. Como protector de la corona portuguesa contra Francia y España, los británicos tenían pleno acceso a Brasil y la comercialización de sus productos y establecieron allí los primeros centros financieros de la colonia.

Esta relación con Gran Bretaña, trajo a Brasil una modernidad y desarrollo de la que no gozaron las colonias españolas del continente. El aislamiento geográfico del 25% del total de Brasil explorado y habitado por el 75% de su territorio con infranqueables barreras naturales que lo separaban del resto del continente americano, ayudó en gran parte al desarrollo de una oligarquía y clase dominante propia y la protegió de las influencias de los demás países europeos y de Estados Unidos después de la independencia de este.

Brasil, centro del imperio portugués

Cuando Portugal fue invadida por las tropas Napoleónicas en 1807, parte de la corte y el Príncipe Regente de Portugal huyeron a Brasil donde establecieron el centro de su imperio en Río de Janeiro durante 14 años.

Con esta decisión, el imperio trajo a Brasil no solo sus cortes sino el aparato del estado, la educación, los ejércitos, la conciencia imperial … y muchos más negocios de sus protectores del imperio Británico. Brasil fue elevada jurídica y políticamente al mismo nivel de la Metrópolis.

Gran parte de las instituciones de la corona portuguesa pasaron entonces a ser administradas por los colonos en Brasil y sus descendientes que nacieron en el continente americano. La clase oligárquica y mercantil brasileña se forjó y enriqueció a la sombra de las instituciones imperiales portuguesas con quienes compartió el poder. De hecho, sin el apoyo y la participación de la naciente clase dominante brasileña, el imperio portugués hubiese colapsado.

“Independencia” sin revolución anti-colonial

Después de la restauración de los derechos portugueses en 1821 sobre su propio territorio, gracias a la ayuda de las bayonetas británicas, las cortes volvieron a reunirse en Lisboa y trataron de transformar a Brasil nuevamente en una colonia. Cuando el Regente de la Corona volvió ese año de Brasil a Portugal, dejó a cargo en Brasil a su hijo. Este pronto organizó una Asamblea Constituyente con el apoyo de la burguesía Paulista y nombró a un dirigente de esta, José Bonifacio de Andrada e Silva como su Jefe de Gabinete, rechazó las demandas de las cortes portuguesas y declaró unilateralmente la “independencia.”

En 1825, la Metrópolis, nuevamente a través de la intervención de “buenos oficios” del imperialismo británico, formalmente reconoció la independencia del Brasil El apoyo británico, el pase de las guarniciones militares en Brasil al bando de la burguesía brasileña y la imposibilidad inmediata de Lisboa de lanzar una expedición militar para recuperar el territorio colonial fueron todas razones de peso al adoptar la decisión.

Este proceso sirvió para unificar a toda la emergente burguesía brasileña y su oligarquía en un mismo proyecto político y evitó la fractura del vasto territorio en diferentes países, nació con fuerzas armadas propias, heredadas del viejo poder imperial y con el hijo del Regente nombrado Emperador, todo un símbolo de las ambiciones de la clase dominante brasileña.

La figura del emperador fue una decisión consciente de los poderosos en Brasil para contar con una figura bonapartista que mediara entre los intereses de los rancheros, los barones del café, los magnates mineros y los sectores financieros ligados a los ingleses, así como los explotadores de la cuenca del Amazonas.

Después de la crisis del emperador y del Imperio Brasileño en 1989 – donde pierde el apoyo de los terratenientes del sur al decretarse el fin de la esclavitud -, y esta vez presionado por los actos insurrecciónales de la burguesía brasileña, y por consenso de sus diferentes estamentos, se forzó la proclamación de la Republica y el carácter bonapartista del sistema político pasó del Emperador a las Fuerzas Armadas.

Estas han permanecido como los árbitros del sistema político brasileño desde entonces. Esto no quiere decir que no haya habido levantamientos e intentos insurreccionales independentistas.

Todo lo contrario, hubo varios. Uno de ellos, en1789, fue dirigido por Joaquín José da Silva, el famoso Tiradentes, que se sublevó en Minas Gerais. Esta insurrección fue aplastada, incluso con el apoyo de otros colonos, y su líder ejecutado. En 1817 hubo una insurrección, también sofocada a sangre y fuego, en Bahía, que intentó fundar la Republica de Pernambuco. Los brasileños miraban con desconfianza estos movimientos independientes y preferían trabajar en las alturas, a través de negociaciones, para alterar el estatus del que ya consideraban su país.

Otras insurrecciones, como las de Para, Bahía y Río de 1821 fueron organizadas para forzar a que el Príncipe regente, al regresar a Portugal, accediera a los reclamos de la burguesía Paulista y dejara a su hijo Pedro, quien finalmente fue ungido Emperador del Brasil.

Los apetitos imperiales brasileños

Los colonos brasileños primero, la oligarquía ranchera, los barones cafeteros, los explotadores del caucho en el Amazonas, los burgueses que surgieron a la sombra del imperio y las fuerzas militares de Brasil tuvieron desde un comienzo apetitos expansionistas y de dominación regional.

Por supuesto, esto también puede decirse de las burguesías y oligarquías Argentina o Mexicana, pero la clase dominante Brasileña tuvo una consistencia ideológica y una determinación común que no tuvieron sus pares del resto de Latinoamérica. Entre otras cosas porque estuvieron blindados y aislados de los procesos democratizadores de Europa y EEUU.

En la segunda mitad del Siglo XVII, una vez consolidado el control en la zona costera de Brasil, los bandeirantes, verdaderos grupos de caza de seres humanos, incursionaron en el interior de Brasil y cruzaron a menudo las fronteras con el actual Uruguay y Paraguay, persiguiendo esclavos fugados, indígenas o destruyendo misiones de la iglesia católica española.

En 1680, el gobernador de Río de Janeiro, Manuel de Lobo, envió incursiones militares al sur, llegando a las márgenes del Río de la Plata donde estableció la Colonia Sacramento – hoy día Colonia -- que desataron largas y sangrientas luchas con tropas españolas que finalmente terminó en el Tratado de San Idelfonso (1777), mediante el cual Brasil cedió Colonia Sacramento, a cambio de vastas regiones en Misiones, el Amazonas y Matto-Grosso.

Durante el período en el cual residió en Brasil la corte portuguesa, a cargo de Juan VI, los ejércitos estacionados en Brasil ocuparon la Banda Oriental (1816.) En 1825 los llamados “Treinta y Tres Orientales” iniciaron la guerra de reconquista de la Banda Oriental que terminó con la creación del moderno estado de Uruguay.

El “Emperador de Brasil” también lanzó cruentas guerras, invadiendo nuevamente Uruguay y Paraguay.

La “Guerra de la Triple Alianza” (1865-70), con la participación de Brasil, Uruguay y Argentina contra Paraguay, culminó con el exterminio de gran parte de la población masculina de ese país, destruyendo completamente su infraestructura económica. Brasil se apodero en esa guerra de una gran parte del territorio paraguayo. Instigada por los ingleses, esta guerra benefició fundamentalmente los intereses expansionistas brasileños, dejando a la Argentina gobernada por el reaccionario Mitre y a Uruguay endeudados por décadas al imperialismo británico.

La expansión brasileña en el Siglo XX

El país, bajo todos los gobiernos, tuvo durante el último siglo una política de reforzamiento de las fronteras, dominio de los cruces fronterizos, hegemonía cultural establecida a punta de fusil o a través del dominio de los medios de difusión en las fronteras. La colonización masiva de puntos estratégicos en los bordes con Argentina, Paraguay y Uruguay para favorecer la creación del dominio político y económico de las regiones lindantes se hizo a costa de enormes proyectos estatales como las rutas a través del Amazonas o el traslado de la capital a Brasilia, en medio de la jungla.

Los gobiernos brasileños enfrentaron en las fronteras del Amazonas los intentos de Perú y Colombia por explotar el caucho y otras materias primas, muchas veces apelando a las incursiones armadas y al control aduanero. Brasil, instigado el gobierno de turno por las ambiciones de sus fuerzas armadas, declaró la guerra a Alemania e Italia en 1942 y envío tropas e importantes cargas de materiales a los aliados. Terminada la contienda, los militares brasileños se deshicieron del gobierno de Getulio Vargas a través de un golpe de estado (Octubre de 1945.)

Después de una sucesión de golpes militares y gobiernos civiles, las fuerzas armadas decidieron en 1964 establecer su propio gobierno por un tiempo prolongado con el objetivo de permitir la mayor industrialización del país por el imperialismo norteamericano, asentar las bases para una mayor presencia brasileña en el continente y promover un espíritu de superioridad continental entre los sectores burgueses nacionales.

El imperialismo proveyó a Brasil del llamado “Milagro Brasileño” que fue a la vez un pingüe negocio para las multinacionales, pero también reforzó a la propia burguesía nacional.

Los militares, simultáneamente, comenzaron paulatina y lentamente a regresar el poder a la burguesía civil, que no culminó sino al final de los 80s, en un proceso de transición que duró mas de una década, reservándose para si la continuación de su rol bonapartista.

Todavía hoy, las fuerzas armadas brasileñas, las más poderosas, mejor armadas, más numerosas y políticamente mejor organizadas del continente, tiene como hipótesis de conflicto – que desarrolla en juegos militares teóricos y prácticos – la invasión de países limítrofes como Uruguay, Paraguay y Argentina.

Recientemente, el gobierno de Lula, con la aquiescencia del gobierno Argentino dirigido por Kirchner, le propuso a este la formación de una alianza militar tipo OTAN Latinoamericana donde las fuerzas armadas de Brasil tendrían la hegemonía.

Otro ejemplo del poder de los militares brasileños son las recientes incursiones en las favelas de Río de Janeiro sin siquiera avisarle al gobierno civil.

Existe entonces una combinación explosiva: desarrollo de la burguesía nacional; fuerte influencia militar en las decisiones nacionales; fortaleza del ejercito brasileño y conciencia expansionista. El cóctel resultante no es sino un intento, el mas serio de Latinoamérica, de conformarse como potencia imperialista aunque sea limitada a la influencia regional. La hegemonía económica/militar actual no es sino el antepaso de esa evolución.


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