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Izquierda Info - Europa / Revista de Izquierda Internacional - Año 2, Número 2
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Que dice la Izquierda?Europa / Revista de Izquierda Internacional - Año 2, Número 2

Europa: El Titanic Imperialista

Por Nicolás Barros

Los europeos conocen tanto el esplendor como la decadencia (y sus consecuencias), pero las diversas generaciones no siempre demostraron aprender de la historia. ¿Esta vez sí? Hay bronca, desconcierto, rebeldía, xenofobia e impotencia. ¿Saldrá algo bueno?

La situación en Europa está lejos de ser buena. Le ha llegado finalmente la cuenta luego de décadas sin reinvertir en nuevas y mejores plantas y tecnologías, sacar capitales fuera de la producción y muchas veces de la región y de impulsar gastos faraónicos en bienes y construcciones suntuarios e innecesarios, así como atestar el ambiente de basura y explotación irracional por centurias.

Europa única ya es pasado: se hundió. Podemos polemizar alrededor de cómo seguirá la secesión pero no su status factual. Inglaterra comenzó su retiro antes de concluir su ingreso, con su dirigencia alarmada por la inevitable caída de su plaza financiera bajo el dominio de Zurich. Desmantelado su otrora poderío industrial, se convertiría rápidamente en una semicolonia de francoalemana.

El núcleo que pervive al colapso ‘solo por ahora’ está compuesto por todas aquellas semicolonias que Alemania y Francia han logrado retener y sin las cuales su futuro como naciones de importancia estaría terminado. Suecia, Hungría y Suiza, les saludaron desde el muelle y se retiraron. Habrá más deserciones. Es absolutamente falso que Alemania y Francia busquen ‘ayudar’ a las naciones en problemas evitando su alejamiento, por el contrario, no pueden permitirse que esos países (que llegaron a la actual situación por la opresión de sus ‘amigos’) se desliguen de la Unión porque perderían sus mercados cautivos. Concretamente el problema de las naciones europeas (en principio) es Alemania y Francia.

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La vieja nave escorada en su banda mediterránea hace agua sin cesar: Grecia, Portugal, España e Italia y por el norte es sólo cuestión de tiempo que Gran Bretaña siga el camino de Irlanda e Islandia. En el centro Bélgica, Hungría y Polonia buscan su lugar en el naufragio.

No deja de llamar la atención las recientes decisiones de los parlamentos griego e italiano nombrando gobiernos ‘técnicos’ con el objetivo de implementar los brutales planes de ajuste de la Unión Europea - UE -, que sus antecesores no lograron, sustrayéndose de la voluntad popular, negándose a convocar a elecciones justamente porque sabían que no lograrían apoyo a esas medidas, configurando rasgos claramente fascistas, semejantes en esos aspectos puntuales, a la Italia de Mussolini. Deberemos seguir con particular atención este aspecto.

La nave rusa sigue esperando el inevitable colapso para pescar en la diáspora, sería una farsa de la historia – aunque nada improbable – que resucite el Sacro Imperio Romano de Oriente, con capital en Moscú e influencia hasta el Danubio y quizá más allá.

Los levantamientos de masas en el Norte de África y el Cercano Oriente no son neutrales. Las gigantescas movilizaciones más allá de su ulterior destino, son un golpe mortal para las naciones imperiales europeas en decadencia. Los nuevos imperios ponen sus pies en la zona disputando su mercado interno, la provisión de materias primas y energía en términos ventajosos, así como los contratos para sus flamantes transnacionales y bancos deseosos de morder el rabo del perro en retirada.

Por el lado de las masas

En buena parte de sus naciones existen conflictos graves, que implican miles de despidos, pérdida de conquistas sociales y laborales asentadas por décadas, aumento de la edad jubilatoria que busca converger prácticamente con la muerte, desmantelamiento de la gratuidad sanitaria y educativa, fin del acceso al financiamiento de la vivienda, etc. Paralelamente crece la ultraderecha, se incrementa la xenofobia, el sexismo, el consumo de drogas y el narcisismo individualista más pertinaz.

La respuesta que los capitalistas europeos manejan, con la finalidad de mantener a flote una nave que cruje de proa a popa consiste, por un lado en disponer ingentes sumas de dinero para mantener a flote los grandes bancos y entidades financieras hundidas (producto de su propia avaricia e irresponsabilidad), y por el otro lado un feroz ajuste para las masas europeas destinado a reunir el dinero para pagar el salvataje de los bancos, y que es el actual proceso de ajuste al más tradicional estilo FMI (Fondo Monetario Internacional). Esta medicina ya fue administrada en muchas regiones del planeta en los últimos veinte años con arreglo a las particularidades territoriales, históricas, sociales, económicas y políticas, pero siempre con el mismo resultado: más penurias y represión. Sin duda estamos asistiendo a la ofrenda de los restos europeos en el altar de Francia y Alemania.

La indignación frente a esto recorre esos países. Se dan manifestaciones y luchas callejeras por doquier, fundamentalmente de trabajadores y jóvenes contra las medidas de ajuste. Estudiantes atenazados por las crecientes dificultades para sostener sus estudios y sin perspectivas de conseguir empleo, así como operarios despedidos o empobrecidos por los ajustes y jóvenes hijos de inmigrantes provenientes de las barriadas más humildes de las grandes ciudades, salen a luchar siempre forzando a las organizaciones sindicales existentes, quienes hacen caso omiso o sólo se movilizan para evitar la formación de organismos independientes de su influencia, aislándolos o desmoralizándolos.

En buena parte de los centros urbanos europeos la bronca por momentos se derrama en forma de reacciones populares, muchas veces impotentes y, sobretodo, carentes de participación obrera en forma orgánica (como clase social). Posteriormente a estas luchas derrotadas, hemos visto los resultados conservadores del proceso electoral (Portugal, España, Irlanda, Austria, Bélgica, Holanda y Polonia) y sondeos en ese sentido en Italia, Grecia, Hungría e Islandia. Esto se confirma con los últimos resultados de la primera vuelta de las elecciones francesas en donde el neofascista Frente Nacional de Le Pen obtuvo el 18% de los votos y a un mapa político que muestra grupos de la misma extracción obteniendo votaciones que acercan peligrosamente al 25% del electorado europeo a esta tendencia.

En el último lustro hemos observado decenas de crisis regionales y nacionales, como la actual. En todos los casos hubo reacciones populares con diferente magnitud, provocando incluso la caída de gobiernos, sin embargo el corolario fue siempre nuevos y mas profundos ajustes, más penurias aún que las causantes de las reacciones originales. De esas situaciones mucho menos emergieron soluciones a los problemas que afectan la vida de las masas.

¿Cómo funciona el proceso?

¿Por qué a pesar de la brutal caída en el nivel de vida y la represión frente a los reclamos no se logra cambiar las actuales políticas por otras que favorezcan a las mayorías? ¿Qué cosa debieran hacer los pueblos para lograr cambios en su favor? ¿Es imposible lograr esto?

La respuesta es No y si bien en modo alguno es fácil, existe y solo depende -en principio- de recordar la historia por un lado, y de que trabajadores y jóvenes vuelvan a confiar en sus propias fuerzas, por el otro.

¿Los trabajadores despedidos españoles o griegos comprarán taxis con sus indemnizaciones? ¿Eso contribuirá a incrementar su capacidad de reclamo y movilización? ¿Cuando peor, mejor? Nada de eso. Los despidos, sobre todo de trabajadores mayores, algunos corrompidos por décadas de estabilidad, los encuentran inermes para resistir.

Europa junto a USA albergan el grueso de los sectores medios globales (pequeña burguesía y trabajadores de altos ingresos urbanos y rurales), acumulados por centurias de obtener ventajas relativas de la explotación imperial de colonias y semicolonias. Sobre ellos se asienta una burocracia sindical imperial experta en corromper a la clase obrera y desarticular los sindicatos como vehículos capaces de defender sus derechos económicos y políticos.

Una historia que cuenta con más de cuatro siglos de capitalismo enseña muchas cosas, entre ellas que los trabajadores producen todo en la sociedad, incluso las ganancias de los capitalistas. También enseña que lo poco que algunos logran retener de su trabajo –y solo parcialmente- es una vivienda, algún cuidado sanitario, instrucción educativa y -muy pocos- algo de esparcimiento, pero siempre al costo de luchas gigantescas, represión y muertes. Más aún eso solo fue posible en naciones imperiales expoliadoras de colonias de ultramar o de su propio continente.

Otra enseñanza consiste en recordar que los trabajadores de la vieja Europa – cuna del actual capitalismo – sólo lograron cambios cuando acaudillando al pueblo, tomaron en sus manos el desafío, desprendiéndose de las organizaciones, partidos y dirigentes de los capitalistas y formaron sus propias organizaciones, partidos y dirigentes.

Sin duda la escala cuenta: esta situación no es griega, lusa o polaca, es europea y mundial y en ese nivel debe vertebrarse la respuesta; se necesita una fuerza que se plantee integrar Europa sobre nuevas bases, un régimen dirigido por la clase obrera y el pueblo que pueda organizar la producción y distribución al servicio de las masas. En el actual estadio, los estados nación aislados no pueden garantizar el mantenimiento de un nivel de vida mínimamente aceptable para el conjunto de la población.

Una característica común consiste en que las luchas actuales no se elevan al cuestionamiento del poder y terminan aisladas y en derrotas, sin lograr la masa crítica necesaria para desarrollar su propia organización. No pasan de capítulos aislados, brotes de ira que no logran transmutarse en algún tipo de forma organizativa estable, capaz de contener y canalizar esas luchas aisladas y en algún momento emerger como vehículo de cambio social que entusiasme, atraiga y organice a todos aquellos que serán arrojados inexorablemente, más temprano que tarde, al pantano del hundimiento europeo.

Hace ya mucho tiempo que no se desarrolla organización al interior del movimiento obrero. Entre las principales causas encontramos el conocimiento adquirido por el empresariado y su estado, quienes con el auxilio de la dirigencia sindical traidora, mal logran todo intento de organización independiente al interior de los lugares de trabajo. Sin embargo, el dato fundamental es que la izquierda abandonó la tarea, desistió de intentar estructurarse, se dedicó a crecer sólo entre la juventud y la pequeño burguesía urbana. No se utilizó el período de auge para organizar y hoy las condiciones no son buenas, mientras la derecha se consolida y la ultraderecha crece, la izquierda se desvanece.

Podrá comprenderse entonces que si bien los reclamos y la movilización son tareas imprescindibles, no acaba allí el trabajo a realizar, urge consolidar esas acciones en organización. Toda forma organizativa en principio es una alternativa a ser tenida en cuenta, la historia nos enseña que todo cambio social verosímil se ha apoyado en formas organizativas ligadas directamente al sistema productivo vigente en el momento histórico que se analiza, fuere la formación social que fuere. De ahí que si quienes desean cambiar no logran tener injerencia directa en el proceso productivo y desde allí disputar su conducción efectiva, no lograrán encolumnar detrás, la voluntad de todos aquellos perjudicados por los ajustes.

Dicho de otro modo, sin movilización no hay organización y sin esta no hay política y cuadros capaces (partido) de retro alimentar las primeras, impactando en la conciencia de las masas a través de su praxis.

Epílogo

No es suficiente con propagandizar programas políticos teóricamente viables, ni siquiera construir aparatos políticos afiatados, si no se logra contribuir a emerger corrientes que disputen el poder desde las fábricas, lo puertos, los campos, etc. Europa -mejor aún los europeos- seguirán nuevamente el camino de Roma.

Es necesario resistir despidos y cierres, se deben crear agrupaciones de base que organicen esa resistencia. Urge reinsertarse entre los trabajadores, sobre todo industriales y paralelamente explicar pacientemente a la juventud y los estudiantes que ellos deben tomar esa tarea en sus manos, de lo contrario no tendrán futuro, más aun, quizá sólo tengan pasado: vuelta al feudalismo, pero mucho peor.

Es bueno recordar que toda medida seria que apunte a organizar a los trabajadores contra la degradación capitalista, encontrará en la burocracia sindical un enemigo irreconciliable al que hay que enfrentar y derrotar expulsándolo de los sindicatos o creando nuevos.

Se debe exigir que las compañías y los bancos hagan públicos sus balances, impidiendo que cierren o trasladen plantas, así como terminar con los despidos, repartiendo las horas de trabajo entre todos los habitantes, sin disminución del salario. Las compañías deben hacerse cargo de remediar sus intervenciones en el ambiente, tratando todos sus efluentes y residuos. Deben retornar las tropas invasoras en otras regiones, recortando los presupuestos militares al menos a la mitad y destinar esos fondos a la inversión pública en salud, educación, infraestructura y retrotraer la edad jubilatoria a los 60 años. Ningún trabajador europeo podrá luchar consecuentemente por liberarse de la explotación a la que es sometido por el capital financiero, si paralelamente no lucha contra las invasiones militares, el colonialismo y la dominación económica de otras naciones a través de las grandes empresas transnacionales con casa matriz en sus países, que mantienen oprimidos a millones de trabajadores.

Es imperioso desconocer todo gobierno de facto, exigiendo elecciones directas y plebiscitos donde se pueda decidir contra todos los ajustes y romper con todos los acuerdos y tratados que subordinan las naciones a Francia y Alemania.

Todas estas medidas, si bien son inevitables para conjurar la urgencia, no son en si mismas la solución definitiva a la degradación actual. Cada beneficio que obtengamos a través de la lucha solo será episódico y será nuevamente arrebatado en la medida que no siga el avance, apoyado en los triunfos parciales hasta derrocar el decadente capitalismo imperial reemplazándolo por una nueva Europa Socialista. ■

NOTA
* Sólo el último préstamo del Banco Central Europeo (BCE) del 21/12 destinado a bancos privados fue de Ç 500.000 millones.


Una Posibilidad Inquietante

Es claro que Europa enfrentó una rápida decadencia y también es cierto que no comenzó hoy, sino a fines del siglo XIX, cuando desde el pináculo del esplendor colonial, comenzó su caída. Por supuesto recibió ayuda: USA como imperio emergente actuó de sepulturero. Desde luego hubieron de darse las crisis de 1892 y 1898 así como su lógico correlato: La primera gran guerra por un lado y la primera revolución obrera de la historia por otro.

La crisis de entreguerras sirvió de introducción a la segunda guerra y sólo el fantasma de una Europa socialista galvanizó una frágil y tardía federación capitalista europea, que por su construcción superestructural en fase de decadencia sólo puede ser temporal e intrínsecamente inestable.

Aquí estamos, frente a la segunda caída Europea: si bien la analogía con la Europa del Imperio Romana no busca encontrar semejanzas forzadas, sirve para ficcionar sobre los posibles rumbos futuros. El imperio romano en su apogeo reinó sobre los godos en Iberia, Germania, Galia e incluso Britania: toda Europa y supuso un ejemplo histórico respecto a lo fácil que puede desmoronarse un imperio aparentemente sólido y poderoso. De liderar todo occidente y buena parte de África y Oriente se desmoronó en un abismo de oscuridad y atraso durante doce siglos. Esto no es ficción, sencillamente así ocurrió. Entender que pasó y que no, se vuelve crucial para comprender que Europa se enfrenta a una disyuntiva semejante.

En aquel entonces la sociedad se organizaba sobre la base de la producción agrícola con poblaciones esclavas, comercio inter-imperial limitado, artesanado de servicios con un excepcional desarrollo urbanístico y constructivo y dirigido por los propietarios de esclavos, con poco y ningún incentivo a la innovación y el cambio: sólo guerras de conquista y más esclavos. De pronto se derrumbó. Sólo los esclavos tenían la necesidad objetiva de cambiar su situación y -es justo reconocerlo- lo intentaron incesantemente en todo el imperio: pero fracasaron. ■


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