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La aristocracia obrera y la burocracia sindical son los obstáculos mas difíciles de superar para que el movimiento de masas avance en situaciones de crisis profunda de la economía capitalista y descomposición social.

Frente a las crisis políticas, económicas o sociales, en lugares tan disímiles como Europa, EEUU o Argentina, se percibe la ausencia de un movimiento obrero organizado, con un programa político concreto y dirigentes que, habiendo comprendido la profundidad de los cambios en el mundo, se movilicen masivamente, adopten la dirección del conjunto de las clases afectadas por la crisis del capitalismo y postulen una alternativa obrera y socialista.

Sin ello, podrá haber protestas masivas que causen el desequilibrio y hasta el recambio de gobiernos o partidos en el poder, pero no se logrará un cambio de sistema por uno que garantice el pleno empleo, una economía sustentable, buenos salarios, educación, vivienda de calidad y seguro universal médico para todos.

Es así porque la única clase social en condiciones de cambiar al capitalismo y sus instituciones antidemocráticas de la democracia burguesa por otras de plena igualdad es la clase obrera. Es la que tiene la musculatura social para paralizar la maquinaria económica y política del poder existente y proponerse como recambio para dirigir la sociedad.

La clase obrera tiene enormes dificultades para liderar esa lucha o proponerse esas tareas esencialmente por la existencia de dos fenómenos construidos durante décadas en sus propias entrañas: la aristocracia obrera y la burocracia sindical.

La aristocracia obrera – como ya explicamos en el documento ¿Qué es la aristocracia obrera? ¿Qué es la burocracia sindical? ¿Para qué existen? – que publicamos en esta misma edición de la Revista de Izquierda Internacional, es una obra de ingeniería social desarrollada por la burguesía. Su propósito era el de crear una capa privilegiada – en relación a la mayoría del resto de la clase obrera – que proveyera una base de apoyo político y social a la dominación burguesa e imbuida de la ideología y aspiraciones culturales burguesas o pequeñoburguesas.

Esta capa del movimiento obrero se beneficia a costa de los trabajadores de otros países, cuando reside en un país imperialista, o del conjunto de los sectores mas explotados del resto de la clase en países que no lo son.

A cambio de esa colaboración de clases extrema, reciben buenos salarios, condiciones de trabajo mejores que en otras actividades y hasta subsidios a las patronales para que éstas los transfieran a los trabajadores de este sector de la clase; el cual, por razones de áreas estratégicas de la economía o para mantener la paz social, se haga necesario para superexplotar al resto de la clase u otras naciones.

En general la aristocracia obrera constituye no más de un 5-10% de los trabajadores sindicalizados y sus dirigentes son promovidos a la dirección de las federaciones, confederaciones y centrales de trabajadores como “dirigentes” de todo el resto de la clase organizada que cuenta tal vez con sindicatos más débiles.

Desde allí, también se decide la suerte de los inmigrantes, los trabajadores no sindicalizados, en negro o desempleados. Esta capa de la aristocracia obrera, fundamentalmente sus dirigentes burocráticos, se encarga de regular para el capitalismo, los salarios, las condiciones de trabajo y las relaciones sociales con la clase dominante para la cual son, a la vez, empleados y lugartenientes, cancerberos y, llegado el momento, policías. En aquellas raras ocasiones en que llegan a oponerse a un sector de la burguesía, lo hacen con toda certeza, para ponerse al servicio de otra fuerza burguesa en la competencia, nunca como una clase contra la otra. Su misión es preservar la paz social y embretar cualquier indisciplina o deseo de independencia que pueda surgir en cualquier ámbito de las clases explotadas.

Estos dirigentes reciben abultados salarios, prebendas millonarias que los convierten en empresarios y a cambio demuestran suma hostilidad hacia los trabajadores combativos, la izquierda y la democracia sindical. Manejan sus organizaciones con dinero, cooptación, bandas de matones y negocian lo que sea con la patronal, siempre a espaldas de sus representados. A través de legislaciones reaccionarias y el uso del fraude y la violencia, se perpetúan durante décadas en el poder de sus sindicatos.

Son llamados a prestar servicios a la burguesía en sus instituciones como diputados, senadores, alcaldes, concejales y ministros de sus gobiernos. La misión que tienen en ellos es salvar el prestigio de la democracia burguesa en épocas de crisis, detener cualquier manifestación de descontento que lleve a los trabajadores hacia el desarrollo de su conciencia política.

La burocracia sindical moviliza a su base social, la aristocracia obrera, a mítines, movilizaciones y a votar por candidatos de la burguesía y en casos de necesidad conforman las bandas armadas de las clases dominantes para ahogar sublevaciones, revueltas y revoluciones.

La aristocracia obrera mantiene siempre una posición transitoria de privilegios y la burocracia sindical disfrutará de una vida pequeñoburguesa en tanto no haya una crisis económica profunda, como la actual, en donde la burguesía, agotadas otras formas de extracción de su renta, se vuelva también contra ella para arrebatarle lo que ayer le proporcionó y que ahora aspira a recuperar.

La burocracia sindical, en tales momentos, confundida políticamente, inerme por su pasividad aprendida durante décadas de colaboración de clases e incapacitada por la camisa de fuerza que ella misma ha impuesto sobre sus “representados” tiene ante sí dos y solo dos posibilidades: 1. rendirse incondicionalmente, o, 2. fracasar en cualquier intento de resistencia a su propia liquidación por incompetencia.

En el peor de los casos, y si fuera necesario, la burguesía apelará a las bandas fascistas y a la aniquilación por medio de métodos de guerra civil de las organizaciones sindicales y políticas de la clase trabajadora. Llegado ese momento, muchos en la aristocracia obrera y la burocracia sindical se unirán al coro reaccionario contra los más oprimidos, o participaran directamente en los escuadrones de la muerte de la burguesía, o estarán incapacitados para dirigir ninguna lucha, buscando como estarán, en su incertidumbre, los burgueses “progresistas” que puedan sacarlos del atolladero.

En esos momentos, breves de la historia, pero bruscos y violentos, quedará claro no sólo para cientos de miles sino para millones de trabajadores, que las direcciones políticas y sindicales con las que cuenta los están dirigiendo inevitablemente al matadero o la derrota. Habrán llegado a través de la experiencia histórica concreta que hacen falta direcciones decididas, audaces, incorruptibles e independientes de la burguesía para detener a la reacción y hacerse cargo de dirigir la sociedad que cae, la sociedad capitalista, hacia nuevas formas sociales. Las masas tendrán ante sí la perspectiva evidente de que necesitan una dirección revolucionaria.

Esas direcciones, sin embargo, no se crean por generación espontánea, ni adquieren la homogeneización ideológica y programática para liderar a toda la clase para que esta lidere a los demás oprimidos, de la noche a la mañana.

Lleva décadas la formación de cuadros obreros y organizaciones combativas, o incluso revolucionarias, que los contengan; se necesita tiempo para foguearlos en el lucha y para que se ganen la confianza de la mayoría de los trabajadores; es necesario poner a prueba sus nuevos métodos de lucha en los enfrentamientos cotidianos con la clase dominante; es necesario que aprendan por sí mismos no solo a conducir organizaciones de masas, sino la teoría que les permita actuar con eficacia, las tácticas que les permitan avanzar y las estrategias que son necesarias para proponer una sociedad socialista.

El surgimiento de una amplia vanguardia combativa, que luche por desprenderse de sus prejuicios de clase media imbuidos durante décadas por la clase dominante y a la que no le tiemble el pulso en la confrontación, ni en la aplicación de medidas radicales para triunfar, es el primer síntoma de que está en marcha un proceso de renovación de la clase obrera y de sus dirigentes. Una vanguardia que no actúe en forma independiente del resto de las masas sino que se dirija a ellas constantemente para hacerlas avanzar en su conciencia y organización colectiva.

Del seno de esta vanguardia tienen que surgir los mejores, los que abrazan la teoría para comprender la historia, la economía y la organización social; los que implementan la democracia obrera desde abajo y que representan la política independiente de la clase llamada a dirigir la sociedad. Solo así puede aspirar la clase trabajadora a gobernar la sociedad. A eso se le llama partido revolucionario.

No se llega a esto con solo desearlo. Como en toda batalla, exige los mayores sacrificios, la tenacidad que solo la crisis puede imbuir, la seguridad que solo la certeza de que un sistema enfermo sobrevivirá tanto tiempo como se lo permitan los oprimidos antes de derrocarlo. A esa conclusión solo podrán llegar las masas en el camino de la radicalización de la lucha de clases.

Nuestra corriente internacional está comprometida desde su creación a encontrar el puente, es decir el programa, entre la conciencia actual de las masas y los objetivos históricos a los que debe aspirar por propia necesidad: la toma del poder por los trabajadores, basados en sus propias instituciones democráticas, reemplazando con ellas las decadentes y antidemocráticas de la “democracia” burguesa. Como parte de ese trabajo, publicamos en este número nuestro documento sobre aristocracia obrera (vea la página 8)y en la próxima Revista de Izquierda Internacional, ofreceremos un estudio comparativo de su existencia, así como de la burocracia sindical que la dirige, en varios países.

Porque solo conociendo los obstáculos e identificando a los adversarios, así como en la preparación práctica de los combates, se puede aspirar al triunfo. Confiamos que la urgencia provocada por la crisis y el lanzamiento de contingentes cada vez mayores de trabajadores, sectores oprimidos de la sociedad y jóvenes acorte los lapsos de aprendizaje necesarios, brinde las oportunidades de probarse bajo el fuego de la lucha de clases más intensa y se destaquen con mayor rapidez dirigentes naturales y activistas fogueados que sean capaces de conducir el movimiento. ■


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