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HistoriaCrónica de los días en que la Triple A / CNU / JSP intentaron asesinarme

Crónica de los días en que la Triple A / CNU / JSP intentaron asesinarme

Por Carlos Petroni

En Mayo de 1974 la Triple A y sus brazos ejecutores en Mar del Plata, la CNU (Concentración Nacional Universitaria) y la Juventud Sindical Peronista (JSP) intentaron asesinarme tres veces. Era un aspecto de la ofensiva del terrorismo de estado impuesto por el entonces gobierno del General Perón contra el PST (Partido Socialista de los Trabajadores), al que pertenecía. Los agresores también tenían cuentas pendientes que pretendían cobrarme como valor agregado a su accionar terrorista de estado.

Nuestra organización se sumaba en esos momentos a los blancos privilegiados de la Triple A que venía, desde junio de 1973, atacando sin misericordia a la izquierda peronista y otras organizaciones de izquierda, intelectuales, artistas, activistas sindicales y defensores de los DDHH con un saldo, antes de producirse el golpe militar genocida, de 1.500 asesinatos y 3.000 atentados registrados .

Articulo de las paginas centrales del Diario Noticias ·186 - Viernes 31 de mayo de 1974

Articulo de las paginas centrales del Diario Noticias ·186 - Viernes 31 de mayo de 1974 donde se relatan las primeras noticias de la Masacre de Pacheco, los atentados en Mar del Plata y en Córdoba contra el PST

El encuentro con la muerte

El 28 de Mayo salí de una asamblea de los trabajadores del primer supermercado de Latinoamérica, La Estrella Argentina, de los Hermanos Brasas. Los trabajadores estaban en conflicto por el despido de tres dirigentes, todos ellos miembros del partido o simpatizantes. Una asamblea anterior había votado que yo les asesorara durante el conflicto.

A la salida del edificio del Centro de Empleados de Comercio, sobre la calle San Luis, en el centro de la ciudad, charlé brevemente con los compañeros que tenía asignados para protegerme y acordamos que se fueran a sus casas. Caminaría las pocas cuadras que me separaban del local partidario, no me preocupaba hacer el trayecto tan tarde en la noche. Todo parecía tranquilo y las calles estaban semidesérticas.

Días antes habían ametrallado desde un automóvil una concentración de trabajadores donde me hallaba, hiriendo al hermano del dirigente de La Estrella y del PST, Mario Moyano (sin relación con el actual jefe de una de las CGT) que se hallaba a mi lado. Su nombre era Ricardo.

Dos días después habían volado el local del partido en la calle Rioja. La mano se estaba poniendo muy pesada y algunos compañeros fueron asignados a protegerme. Comencé a cargar un revólver para el caso que tuviera que defenderme de un ataque.

Los compañeros se retiraron, bajo protesta por mi exceso de confianza debo aclarar. Hacía frio y eso me motivó para emprender la caminata con buen ritmo. Llegué frente a la Catedral, a tres cuadras, y comencé a cruzar la plaza frente a ella para cortar camino hacia la Avenida Luro. De pronto aparecieron.

Venían en tres autos que frenaron frente a mí, sobre el acceso a la rotonda del monumento al Gral. San Martín sobre la avenida Luro, a unos cuarenta metros de donde me encontraba, en un sendero de la plaza, entre dos robustos árboles.

De los vehículos descendieron alrededor de una docena de personas, todos armados. Reconocí de inmediato a Juan Carlos Gómez y Oscar Corres, que habían asesinado a la estudiante Silvia Filler en 1971; Eduardo Salvador Ulloa y su hermano Néstor Daniel Ulloa, Fernando Federico Delgado, Eduardo Pretelli, Mario Dourquet o Durquet y Ernesto Macchi.

Lo olvidé por un tiempo, pero después me hicieron recordar que también formaba parte del grupo al que después llamarían ¨el rengo Catuogno¨, hijo de los dueños de la única fábrica con obreros vitivinícolas de la ciudad y ¨dirigente¨ del sindicato del gremio (sindicalismo patronal, que le dicen).

Tiempo después de estos episodios que narro, Catuogno sería mencionado como el autor intelectual del asesinato de un diputado sanjuanino (que era dirigente nacional de la Federación de Trabajadores Vitivinícolas) por un grupo de la CNU que viajó expresamente desde Mar del Plata a la provincia para ejecutarlo por las ¨diferencias gremiales¨ que sostenía con Catuogno. Otro de los familiares de Catuogno sería después nombrado rector (de la CNU/Triple A) de la Universidad Provincial de Mar del Plata.

Traté de escudarme detrás de uno de los árboles cuando empezaron los disparos. Me defendí como pude y creo que la resistencia que encontraron los hizo titubear. Esta gentuza era valiente solo cuando la superioridad numérica les otorgaba la ventaja de que sus potenciales víctimas se paralizaran por el terror. No puedo decir que no sentí miedo, lo tenía y mucho, pero la adrenalina hace esas cosas.

Busqué rápidamente una vía de retirada. Estaba en buena forma y me eché a correr deshaciendo el camino por el que había venido. Había algo de tráfico vehicular y los agresores, si me perseguían, debían actuar muy rápido y hacerlo con sus vehículos en contramano. Eso me daría cierta ventaja, pensé.

Escuché los gritos a mis espaldas mientras giraba sobre mis talones y piqué en carrera. Sólo para estrellarme contra una pared humana que venía en sentido contrario.

Mientras me defendía del primer grupo no advertí el que se acercaba a mis espaldas, de unos tres o cuatro atacantes, y al picar me los llevé por delante.

Varios caímos al suelo con la violencia del impacto. Entre brazos y piernas de los asesinos, intenté ponerme de pie y defenderme. Sentí varios golpes en la cabeza con algo muy sólido, duro, probablemente las culatas de las armas.

Los golpes provenían de miembros del primer grupo agresor, dos o tres, que llegaron a la carrera para participar de mi ejecución.

Con tantos tratando de matarme al mismo tiempo, se estorbaban entre ellos. Incluso creo que uno de los atacantes cayó herido por otro en la confusión reinante. Sentí su grito, aullido de dolor después que alguien hiciera un disparo.

Un acero candente me atravesó el cuerpo y de reojo ví como uno de los agresores, el hijo mayor del burócrata sindical del gremio del Pescado, Abdul Saravia, de la Juventud Sindical Peronista (JSP), lanzaba su mano con un destello plateado en ella hacia mi vientre. Era la segunda y mortal estocada.

Adiviné lo que era, un cuchillo de filetear, plano, letal. Logré agarrar la hoja cuando ésta penetraba en mi cuerpo, impidiendo la puñalada profunda. Al sacarlo, el agresor se llevó parte de mi dedo anular izquierdo en la hoja de su arma, junto con mi sangre.

En el instante siguiente escuché una gran explosión, ensordecedora, junto a mi cabeza y ví un fuego anaranjado, o quizá creí que era anaranjado, que me envolvía.

El olor a pólvora quemada se metió hondo en mi cerebro a través de la nariz . Antes de caer con la oreja arrancada de un balazo, escuché gritos y corridas por todos lados.

Caí sobre mis rodillas y después con mi cara contra el que me pareció un pedregullo blanco. No pude ni siquiera poner las manos por delante, colgaban de mis brazos inertes, para amortiguar el golpe.

Me desvanecí por lo que me pareció solo un segundo. Alguien me ayudó a incorporarme y ví que sostenía mis intestinos, que pugnaban por salirse de mi vientre, con mi mano derecha. Tenía la izquierda cubierta de sangre y no podía mover el brazo que se hallaba entumecido. La sangre que caía de mi cabeza me nublaba la vista. Los agresores estaban en el último tramo de su retirada, subiendo a sus autos, dándome por muerto.

Al transeúnte aterrorizado que me ayudó a levantarme , nunca le agradecí su gesto. Me preocupaba mucho no dejar ninguna parte de mi cuerpo allí tirada. Recogí el pedazo de oreja que se hallaba frente a mí y cojeando caminé, y caminé. Dondequiera que se halle ese hombre, no puedo sino sentir agradecimiento hacía él. Fue el único, de varios que fueron testigos de los hechos, que se animó a acercarse para dar ayuda.

Ensangrentado y mareado llegué al local partidario, todavía quemado por la bomba de pocos días antes. Juan Carlos Robles, el Secretario General del partido local, del que yo era secretario de organización y trabajo sindical, y otros compañeros me recibieron y ayudaron a sentarme en una silla. Luego de comprobar la seriedad de mis heridas me cargaron en el Citroen 2CV de Robles y me llevaron a la emergencia del Hospital de la Comunidad.

La decisión de hacerlo se basó mayormente en el hecho de que en ese hospital trabajaban varios camaradas y la Comisión Interna estaba influenciada por nosotros.

No recuerdo nada más hasta que desperté en una camilla, con el Dr. Pablo Trejo Vallejo a mi lado que estaba haciéndome las primeras curaciones. Trejo Vallejo fue secuestrado y desaparecido en abril de 1977por un grupo de civiles armados – probablemente algunos de los mismos que habían intentado asesinarme – y que para entonces se habían unido a los Grupos de Tareas del Coronel Barda, a cargo de la represión ilegal en Mar del Plata durante la dictadura.

¨El Tordo de Santiago del Estero¨ cómo lo llamaban a Trejo Vallejos, me dijo que lo había llamado Robles para que supervisara mi atención médica ya que él era también miembro del partido. Escuché que me decía que iban a operarme y me dormí, tal vez por efectos de los calmantes.

Desperté muchas horas después, en la mañana del 30 de mayo, en una habitación con varios compañeros que me cuidaban. Apenas me podía mover. Me trajeron los diarios y, al leerlos, me estremecí. La nota sobre los atentados contra nosotros en Mar del Plata estaba sumida en otra más terrible, la de la Masacre de Pacheco. Al día siguiente, el 31 explotaría aún con más fuerza.

Los compañeros habían sido secuestrados y asesinados solo horas después del intento de asesinato que me tuvo a mí como blanco. Juan Carlos Coral, referente público del partido y ex candidato a Presidente del mismo, que estaba en viaje a Mar del Plata para una conferencia de prensa, fué forzado a volver sobre sus pasos por las noticias del triple asesinato de Pacheco.

En las notas de los diarios se daba cuenta de otros atentados y ataques contra militantes de la organización. Quedaba claro que estábamos en medio de una ofensiva del gobierno y la Triple A contra nuestra organización.

Presté poca atención a la visita que me hicieron al hospital los burócratas sindicales de Comercio que me aseguraron que ellos repudiaban los ataques y que nada habían tenido que ver. Esa burocracia no era peronista, respondían al Partido Socialista Democrático (PSD) al que también pertenecía el intendente, Luis Nuncio Fabrizio. Por otro lado yo sabía perfectamente quiénes habían sido los responsables de los ataques.

Mucho después fué que nos enteramos de la colaboración de Fabrizio y otros dirigentes del PSD con los militares que lo nombraron su delegado al frente del municipio en 1981. Fabrizio murió en el ostracismo político a principios de este año. Tenía 87 años.

Dos policías acudieron también a verme al hospital solo para decirme que su tarea no era inmiscuirse en estos asuntos sino ¨contar los muertos que se producen.¨ No puedo decir que los eché a patadas, porque no podía moverme, pero recuerdo que los puteé.

La ofensiva: Disparen contra el PST

Ese mes de Mayo de 1974, la Triple A asesinó a tres de nuestros camaradas, en lo que se dió en llamar la Masacre de Pacheco (29 de Mayo), un día después de uno de los intentos de asesinato en mi contra, y en medio de ataques terroristas con bombas contra nuestros locales de Córdoba, el Norte del país, Capital Federal y la propia Mar del Plata.

Pocos días antes de la Masacre de Pacheco apareció muerto y salvajemente mutilado nuestro compañero Inocencio “Indio” Fernández que militaba en la misma zona que los obreros asesinados en Pacheco, Oscar “Hijitus” Meza, de 26 años, obrero de Astilleros Astarsa; Antonio “Toni” Moses, 24 años, obrero metalúrgico de Wobron y del estudiante Mario “Tano” Zidda, 22 años.

El “Indio” tenía 26 años, era trabajador metalúrgico de CORMASA, en Gral. Pacheco. CORMASA, junto con las otras dos fábricas CORNI, eran parte de la oposición metalúrgica en la seccional Vicente López, que el PST dirigía.

En Setiembre del mismo año (1974) cayó asesinado uno de los principales dirigentes nacionales del partido y de la regional Córdoba, César Robles, que estaba en la Capital Federal con motivo de realizarse una reunión del Comité Central de la organización. César había organizado, ganando para el partido, a parte de la vanguardia clasista que surgió en ¨El Cordobazo” incluyendo al dirigente de SITRAC-SITRAM, el ¨Petiso¨ Paéz.

Durante los meses y el año siguiente se multiplicaron los atentados y asesinatos contra nuestros compañeros. En Setiembre de 1975 fueron secuestrados y asesinados ocho militantes en La Plata: ellos eran Adriana Zaldúa, Roberto “Laucha” Loscertales, Lidia Agostini, Carlos “Dicky” Povedano, Oscar Lucatti, Hugo Frigerio, Ana María Guzner Lorenzo, y Patricia Claverie cuando realizaban tareas de solidaridad con la huelga de los obreros de Petroquímica Sudamericana (Hilandería Olmos, hoy MAFISSA). Esa pasó a la historia como ¨La Masacre de La Plata¨.

Casi todos los ataques contra nosotros, incluyendo aquéllos dirigidos contra mí, tenían que ver con la intervención del partido en la lucha de clases y la organización de los trabajadores y la mano de la burocracia sindical , la CNU y la Triple A en ellos era indudable.

Entre Mayo de 1974 y el día del golpe de estado genocida, en marzo de 1976, fueron asesinados alrededor de 20 camaradas (hay contabilizados oficialmente 16) y el partido había sido objeto de al menos 100 ataques terroristas(*).

La dictadura proseguiría aún más efectivamente esos ataques y cerca de un centenar de mis compañeros pagarían con su vida la resistencia al golpe y a la dictadura entre 1976 y 1982. El partido tiene el macabro honor de contar en sus filas con uno de últimos asesinatos de los Grupos de Tareas cuando el 4 de Febrero de 1982 fue secuestrada y asesinada Ana María Martinez que, como yo, había comenzado a militar en Mar del Plata.

Ana María tuvo que huir de la ¨Ciudad Feliz¨ y cuándo lo hizo, militó en la Zona Norte del Gran Buenos Aires y entró a trabajar primero a la fábrica Sylvania y después a la metalúrgica DEA de Carapachay.

Fué secuestrada al salir de su domicilio en Villa de Mayo. Su cuerpo apareció diez días después y causó gran conmoción ya que los asesinatos de esa naturaleza habían dejado de ser comunes hacía unos meses y muchos sectores sociales comenzaban a unirse contra la dictadura.

Un mes después de su muerte, la CGT despertaría de su letargo colaboracionista y llamaría a su primera marcha contra los militares y la dictadura, para protegerse, lanzó tres días después la Guerra de Malvinas.

Entre esos tipos y yo había (y hay) algo personal

Sin duda los ataques de Mar del Plata respondían a un orden de atacar a nuestro partido en todo el país. La CNU / JSP de la ciudad, que actuaban como parte de la Triple A, tenían también algún acuerdo, tal vez con la patronal de La Estrella Argentina y un valor agregado: la venganza contra mí.

Tres años antes, en Diciembre de 1971, casi el mismo grupo de la CNU que atentó contra mi vida, y otros, irrumpieron violentamente en una asamblea estudiantil en la facultad de Arquitectura para reprimirla. Los estudiantes estaban allí para protestar contra sanciones impuestas contra estudiantes por el rectorado y el Ministerio de Educación de la Pcia. de la dictadura de Lanusse.

Formada en Mar del Plata poco antes con la presencia del Secretario General de la CGT, José Ignacio Rucci, la CNU también mantenía lazos fluidos con el aparato represivo de la dictadura. Corres (que había sido militar) y Gómez , dos de los que dispararon sus armas de fuego contra la asamblea, eran hombres de la Bonaerense y el último, también de la burocracia sindical y la JSP.

La JSP (Juventud Sindical Peronista) fue organizada también por Jose Ignacio Rucci en Mar del Plata por esa época quién nombró a cargo de la misma a Hugo Moyano, dirigente del gremio de camioneros y al metalúrgico Landín, quién luego sería diputado provincial. La CNU en el ámbito universitario y la JSP en los sindicatos, actuaban en forma conjunta.

Hacían reuniones conjuntas semanales, intervenían juntos en la vida universitaria y sindical local, firmaban solicitadas y documentos conjuntos y operaban en común en operaciones armadas contra la izquierda y la izquierda del Peronismo.

En el caso de la JSP, está probado que sus equipos ¨militares¨ participaban en operativos ¨anti subversivos¨ en forma conjunta con las FFAA.

Miembros de la CNU se integraron también a la inteligencia y los grupos de secuestros y desapariciones de los militares después de 1976.

Llegaron a dominar la CGT local, primero con Comaschi y después con Hugo Moyano como secretarios generales de la misma

El resultado del ataque de Diciembre del 71 dejó un muerto, la estudiante Silvia Filler, y varios heridos. El asesinato causó indignación popular. Hubo manifestaciones masivas de protesta y paros y ocupaciones universitarias. Por impulso de algunos delegados de izquierda, un plenario de la CGT encontró a la burocracia sindical dividida con un sector, los neo vandoristas, tratanto de despegar del crimen (uno de los asesinos, Gómez, secundaba al Secretario General local de la CGT, Nelson Rizzo).

Con una multitud afuera exigiendo el paro, el plenario de la central obrera acordó llamar uno. A partir de allí, la burocracia sindical no existió durante días. El 14 de junio de 1972 se produjo el paro con grandes movilizaciones en lo que se dio en llamar ¨El Marplatazo¨ fuera del control de la burocracia sindical. Durante unos días, la calle marplatense fue de la izquierda.

El gobierno se vió forzado a enviar tropas del ejército para recuperar la ciudad en manos de manifestantes, trabajadores y estudiantes. Como producto de esas movilizaciones y el hecho de que muchos testigos declararon haber visto a los atacantes y los identificaron, una docena de miembros de la CNU y algunos elementos cercanos a la burocracia sindical, fueron detenidos y juzgados.

Dos de ellos, Gómez y Corres, fueron condenados como autores materiales del asesinato. Tal fue el grado de repudio al crimen que los miembros de la CNU que no fueron presos, tuvieron que pasar a la clandestinidad para evitar enfrentarse a la ira popular. Gómez fue atrapado en la casa del famoso asesino de la CNU y culata de los metalúrgicos, Alejandro Giovenco.

Ambos serían liberados con la amnistía decretada el 25 de mayo de 1973, firmada por el entonces Presidente Cámpora. Una mano negra del Ministerio de Bienestar Social los había agregado a la lista de ¨presos políticos¨. Al día siguiente de su liberación ambos se reincorporaron a su profesión de asesinos. Participaron, menos de un mes después en la Masacre de ezeiza (20 de junio de 1973).

Corres fue incorporado como asesor legal a la Dirección Nacional de Migraciones y Gómez pasó a ser un profesional entre los matones de la burocracia sindical y, con el tiempo, los dos colaboraron con la dictadura militar y Gómez consiguió un empleo de lujo como administrador de hoteles de turismo sindical de la Asociación Obrera Textil y el Sindicato Argentino de televisión. Gómez también fue enviado a Centroamérica por los militares para colaboraren el entrenamiento y apoyatura de los insurgentes ¨Contra¨ que buscaban derrocar, después de 1979, al gobierno sandinista de Nicaragua.

Volviendo a Mar delPlata. Al centro de esas movilizaciones, protestas y paros por el asesinato de Silvia Filler, estaba una Coordinadora de Repudio y Justicia (CRJ) que habíamos convocado una serie de dirigentes de partidos políticos de la ciudad.

Mi militancia en esos momentos no era en el PST, al que me sumé recién en 1973, sino en otra organización política y jugué un papel importante en la formación de ese organismo coordinador de la protesta.

Tanto así, que recientemente tuve acceso a informes de inteligencia navales de la época donde se me sindicaba como uno de los principales dirigentes de la misma. Tal vez porqué había estado en el momento oportuno, en el lugar apropiado y hecho la propuesta de formar la CRJ.

También tuve a mi cargo parte de la coordinación de los delegados de izquierda de la CGT que avanzaron la propuesta del paro general del 14 de junio y participé activamente en la organización del mismo y sus actividades previas.

La CNU, desde entonces, me había declarado su enemigo mortal. Imagino que cuando recibieron las instrucciones de atacar nuestro partido dos años después, vieron con gran satisfacción que, además, podrían saldar cuentas conmigo.

Hoy, casi todos los que intentaron asesinarme están siendo juzgados por crímenes de lesa humanidad y terrorismo de estado en el Juzgado Federal Nro. 3 de la ciudad de Mar del Plata. Las declaraciones que hice sobre los intentos de asesinatos en mi contra han sido parcialmente utilizadas para denegar a algunos de los acusados sus pedidos de sobreseimiento.

Están aún protegidos por elementos en la justicia, en la burocracia sindical, en la política y en la sociedad marplatense, donde muchos de ellos tenían residencia de privilegios y, en el pasado, de mucho poder. Han montado una campaña de defensa donde no se escatimaron difamaciones, testigos y declaraciones fraudulentas tratando de negar sus responsabilidades y, en algunos casos, hasta negando que ocurrieron los hechos. Ni siquiera tienen la valentía, estos bravucones, de defender hoy lo que proclamaban a los cuatro vientos en los 70.

Pero esa es otra historia que contaré en el futuro próximo.

Está claro que, en política, tenemos contrincantes con quiénes desacordar vigorosamente; hay adversarios que uno enfrenta ocasionalmente y, finalmente, enemigos que uno combate toda la vida. Estos asesinos pertenecen a esa última categoría. ■


Artículo del Diario La Capital del 30 de Mayo de 1974 que narran los hechos de los que trata esta crónica. Clicke aquí para ver la imagen ampliada


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