Miércoles 15 de noviembre de 2006
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Cristina fue clave para el fin de D'Elía
Cristina Fernández de Kirchner puede adjudicarse por estas horas, a sabiendas de que nadie osaría desmentirla, el despido sin contemplaciones de su cargo del piquetero Luis D'Elía, que se consideraba a sí mismo --y compartían ese sentimiento no pocas figuras de la primera línea del gobierno-- un intocable "cuadro" del presidente.
En efecto, fue la primera dama, durante el descanso que compartió con Néstor Kirchner el fin de semana en El Calafate, quien influyó de manera directa para que el presidente ordenara echar sin más trámite al polémico ex subsecretario.
Dicen confidentes del poder que Cristina se había quejado ante Kirchner, poco después de la derrota electoral de Misiones, por la equivocada política de su marido de seguir aliado a algunos "impresentables" --como los llama-- del gremialismo, la política y el arco social. D'Elía --aseguran quienes conocen el paño-- figura al tope de esa lista que enarbola la temperamental senadora.
"Tenés que volver a estar del lado de la gente y alejarte de algunos impresentables" es una frase atribuida a la senadora, durante un diálogo con Kirchner en la residencia de Olivos. Para fuentes responsables, CFK no habla sólo del gobernador misionero Carlos Rovira, a quien culpa por el enorme costo político que le hizo pagar a Kirchner con su derrota a manos del obispo Piña, sino de piqueteros como D'Elía.
Una fuente gubernamental lo reflejó ayer de esta manera: "Ella sabe que ahora está instalada como posible candidata (a la presidencia) y, si dependiese de su decisión, no quedaría un solo piquetero en el gobierno". Aunque nadie los nombra, la referencia parece a medida de otros dirigentes que vienen del piqueterismo y ocupan cargos oficiales y bancas en el Congreso. Emilio Pérsico, Edgardo Depetris y Ricardo Ceballos son tres de ellos.
En verdad, se cuenta que si bien la gota que colmó el vaso y agotó la paciencia del matrimonio presidencial fue la insólita defensa que hizo el ex subsecretario de Tierras del gobierno de Irán, en verdad, D'Elía había quedado en capilla 48 horas antes, cuando, contraviniendo el rumbo que desea darle el presidente a su política de recuperar imagen tras la debacle misionera, salió a reclamar una reforma de la Constitución para introducir una enmienda que permita la expropiación de tierras en manos de extranjeros.
Kirchner no sólo había prohibido a sus funcionarios hablar de reformas constitucionales --y obró en consecuencia en los casos de los gobernadores Fellner y Solá--, sino que personalmente prometió hace un mes que, mientras él sea presidente, no se tocará la Carta Magna.
Con todo, las pruebas de que detrás del despido de D'Elía también se esconde la necesidad del gobierno de producir golpes de efecto que agraden a la gente y lo reposicionen en las encuestas, hay que buscarlas en el derrotero mismo de la relación entre Kirchner y su ex aliado.
Dicen en la Casa Rosada que no hubo gesto de D'Elía que le provocara mayor malestar al presidente que haber desoído su reclamo para dejar sin efecto aquella contramarcha en el Obelisco, a la misma hora que miles de ciudadanos protestaban contra la inseguridad de la mano de Juan Carlos Blumberg en la Plaza de Mayo. Esa noche, pocos daban nada en el entorno del mandatario por la cabeza de un aliado que empezaba a molestar. Sin embargo, Kirchner lo mantuvo en el cargo.
Eso fue antes del cimbronazo de Misiones, y también antes de que desde la propia cima del poder se decidiese instalar la candidatura presidencial de Cristina. No en vano, cerca de la senadora se esmeraban anoche en ponderar su enorme enojo con D'Elía y su decidida influencia para que Kirchner, ahora sí, se lo sacara de encima.
El piquetero, que debió mandar su renuncia a través de emisarios, ante la cerrada negativa de Kirchner de recibirlo en su despacho, deja tras de sí --según fuentes confiables del ministerio de Planificación, donde se había ganado más de un enemigo-- jugosos fondos oficiales cercanos a los 300 mil pesos mensuales, que manejaba en concepto de sueldo, viáticos, pasajes, gastos protocolares y difusión de su gestión, entre otras yerbas.
Eugenio Paillet/"La Nueva Provincia"■
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