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NacionalesTriple A: La antesala del infierno de Lastiri, Perón e Isabel

No jodan con la verdad
Juicio y Castigo para la Triple A
Toda la verdad, caiga quien caiga

Por el Comité por una Organización de Izquierda Revolucionaria

“A los enemigos, ni justicia”
Juan Domingo Perón

“Se acabó la joda”
José Rucci, 1973

“En una semana se termina todo esto, porque formó una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato, como hacen ellos.” “Nosotros vamos a proceder de acuerdo con la necesidad, cualesquiera sean los medios. Si no hay ley, fuera de la ley también lo vamos a hacer y lo vamos a hacer violentamente.”
Juan Domingo Perón,
21 de enero de 1974

“La responsabilidad por estos asesinatos tiene nombre y apellido: Juan Domingo Perón”
Dip. Rodolfo Ortega Peña,
30 de mayo 1974, durante acto de repudio por la muerte de los militantes del PST secuestrados y asesinados en General Pacheco

“A ustedes los mandó matar Perón, no le quepa la menor duda. Yo sé que si pudieran, también me matarían. Acá no va a haber tregua para nadie.”
Dip. Rodolfo Ortega Peña, Julio de 1974, dirigiéndose a un militante del PST en una charla con dirigentes y activistas gráficos, días antes de su asesinato

“El mejor enemigo, es el enemigo muerto.”
Consigna de la publicación Lopezreguista y de la Triple A El Caudillo

La Triple A surgió para liquidar primero el ala de izquierda del movimiento peronista (Juventud Peronista, Montoneros, Peronismo de Base, Peronismo Revolucionario) que respondían a la presión que sobre ellos ejercía una vanguardia obrera y juvenil de masas y que se había planteado enfrentar con luchas obreras los planes del General Perón.

Así, se dio la Masacre de Ezeiza (20 de junio de 1973) que fue el bautismo de fuego de una alianza de la extrema derecha peronista (CNU, CdeO, COR, Juventud Sindical Peronista, matones de la burocracia sindical de SMATA, metalúrgicos, camioneros, sanidad y otros sindicatos). Con el tiempo, esa alianza tomaría el nombre formal de Triple A o AAA (Alianza Anticomunista Argentina).

Desde ese momento y hasta los primeros meses de 1974, la Triple A fue responsable de la voladura de cientos de locales de la llamada Tendencia Revolucionaria del Peronismo y las organizaciones sindicales y juveniles de superficie de Montoneros. Seguía así la Triple A una directiva emitida por el Consejo Superior Peronista de expulsar a todos los “infiltrados” marxistas del peronismo “por los medios que fueran necesarios”. Tangencialmente también se atacó a sectores de la guerrilla del ERP, y a algunos militantes destacados de DDHH y sindicalistas de izquierda y aún algunos radicales.

Al frente de esa tarea, facilitando los medios materiales del estado, las armas y los propios edificios gubernamentales, estuvo el entonces Ministro de Bienestar Social, López Rega. Como “jefes operativos” destacaron los comisarios Villar y Margaride y los funcionarios policiales Morales, Rovira y Almirón, estos tres últimos también responsables de las custodias armadas de López Rega, Isabel y, en ocasiones, del propio Perón, así como destacados cuadros de la burocracia sindical y la CNU que actuaron como “responsables o jefes operativos regionales” de la Triple A.

En algunas zonas, como Córdoba y Santa Fe, las propias FFAA y la policía asignaron cuadros para garantizar su funcionamiento en ausencia de cuadros políticos o sindicales que se hicieran cargo. En Córdoba, la Triple A se llamó “Comando Libertadores de América” hasta que comenzó a usar el nombre de Triple A.

En 1974, y ante el fracaso de su gobierno por detener la ola de luchas contra su llamado “pacto social”, Perón redobló la apuesta y comenzó la represión sangrienta de la izquierda en general. Así sucedieron la Masacre de Pacheco y la Masacre de La Plata y el ataque a locales y militantes en Mar del Plata, Córdoba y Tucumán, todos pertenecientes al Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y se siguió luego con militantes y activistas sindicales y juveniles del Partido Comunista, Vanguardia Comunista, PCR e incluso la violencia se dirigió contra dirigentes y diputados y senadores radicales, de UDELPA y de otros partidos de la oposición burguesa.

Para el momento de la muerte de Perón, el 1ro de julio de 1974, la Triple A había desaparecido a más de 500 personas, asesinado otras tantas, volado más de 150 locales políticos de izquierda, de la izquierda peronista y aun de partidos de oposición que no eran de izquierda. Pero a partir de su muerte la Triple A redobló sus ataques y entre julio del 74 y marzo del 76 al menos 1.000 personas más murieron acribilladas a balazos, fueron secuestradas o desaparecidas.

Con el asesinato del diputado Ortega Peña, del peronismo de base, un mes después de la muerte de Perón, se abrió un volcán violento que arrasó con activistas sindicales, artistas, intelectuales, militantes de partidos de izquierda e independientes. Todos los partidos políticos de izquierda debieron pasar a la semiclandestinidad, los diputados opositores fueron silenciados, los artistas e intelectuales abandonaron el país. El país podía estar bajo un gobierno constitucional, el de Isabel Perón que, como vicepresidenta asumió la presidencia a la muerte de Juan Perón. Pero la democracia burguesa había sido ya aplastada en las calles por las bandas de ultraderecha del estado.

Las FFAA cobijaron y ayudaron a la Triple A porque convenía a sus planes iniciales de “bordaberrizar” el gobierno, es decir, convertirlo en un títere de la camarilla militar, aislado por completo del resto del país.

Es erróneo, como buscan los historiadores del régimen, adjudicarle a López Rega el poder absoluto y la dirigencia sin discusión de la Triple A. López Rega respondía a una alianza entre los sectores más de derecha del sindicalismo encabezada por Lorenzo Miguel que incluía a los máximos dirigentes de la CGT y a los cuadros más importantes de los sindicatos, incluyendo al ahora Secretario General de la CGT, Hugo Moyano, los militares que se reunían como parte del gabinete, los dirigentes políticos del peronismo, como Cafiero, Luder y muchos otros. Esta alianza contra los trabajadores, la vanguardia y el pueblo dirigían al gobierno de Isabel y a la Triple A.

Esta alianza, apoyada desde afuera del gobierno, por políticos como Ricardo Balbín que denunciaba constantemente a la “guerrilla fabril” en un llamado a que fueran reprimidas las huelgas, fue la que le otorgó a las FFAA en 1975 el poder absoluto para “aniquilar” a la guerrilla y que incluyó en la aplicación de su plan de exterminio la creación de los primeros campos de concentración clandestinos en Tucumán.

El movimiento obrero y la vanguardia, a pesar de todo, siguieron resistiendo y protagonizaron grandes huelgas y movimientos, incluyendo una huelga general por fuera del control de la burocracia sindical en junio de 1975 que hizo estallar esa alianza gubernamental, que decidió desembarazarse entonces de López Rega, quien huyó al exilio español disfrazado de embajador plenipotenciario.

La prueba de que López Rega no era el creador sino tan solo un instrumento en manos de esa alianza en el gobierno para dirigir la Triple A, es que, cuando fue obligado a renunciar, y esa alianza estalló, abandonó el país junto a otros “jefes operativos” de la Triple A como Rodolfo Almirón. La Triple A no solo continuó funcionando sin interrupción, sino que redobló sus ataques.

La Triple A solo desapareció como tal con el golpe militar de marzo de 1976, pero no fue destruida por las FFAA, sino que la mayoría de sus integrantes se unieron como colaboradores a los Grupos de Tareas y cumplieron todo tipo de funciones en los campos de concentración ilegales.

A diferencia de las FFAA que sufrieron el desprestigio y la repulsa de todo el pueblo por sus crímenes de lesa humanidad y que hoy, a paso lento, son juzgados por el genocidio, los integrantes de la Triple A se mimetizaron en el aparato del estado como funcionarios, como políticos, como dirigentes sindicales y han permanecido impunes y ocultos a la luz de la justicia.

El gobierno de Cristina Kirchner sabe de todo esto y también lo sabe su esposo Néstor Kirchner, reorganizador de la nodriza de la Triple A, el Partido Justicialista. Algunos de sus funcionarios, algunos de los diputados que votan sin discutir sus leyes, algunos de sus gobernadores y muchos de los dirigentes sindicales, con Hugo Moyano a la cabeza, fueron parte de la Triple A o de organizaciones que le sirvieron de cobertura, de fuente de inteligencia y de reclutamiento de “soldados”.

Decir toda la verdad, luchar para que toda la verdad se sepa y todos los culpables de los asesinatos, secuestros y voladuras de locales enfrenten a la justicia, amenaza con hacer volar por el aire la institucionalización sobre la que se basa esta democracia para ricos y poderosos. Sin embargo, mantener el secreto, no denunciar al peronismo y a la Triple A, que le abrieron el camino al golpe de estado genocida de 1976 y que, bajo Lastiri, Perón e Isabel fueron la “antesala de infierno” condena más temprano que tarde a esta “democracia” a correr el mismo fin que aquella.

Ante los ojos de todos, el hijo de Hugo Moyano, Pablo, esta a cargo de reorganizar en todo el país la Juventud Sindical Peronista (JSP) con el mismo nombre y con los mismos símbolos de aquella otra JSP, abrevadero de la vieja Triple A. Y ya están entrando en acción en la forma de patotas sindicales como las que atacaron a los trabajadores del Casino, de Dana, los que atacaron a los delegados combativos del subte, de la Línea 60, los que enfrentan a las Comisiones Internas de los bancos Provincia, Nación y Ciudad…

Es hora de pararlos. Es hora de organizarnos y defendernos y es necesario para ello que descubramos su pasado y les hagamos pagar por sus crímenes. ■


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