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Izquierda Info - Situación Mundial - Capítulos I y II
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Que dice la Izquierda?Situación Mundial - Capítulos I y II

¿En qué anda el mundo del Siglo XXI?

APUNTES PARA LA COMPRENSION DEL PRESENTE PERIODO Y SITUACION Y PARA LA RECONSTRUCCION DE UNA CORRIENTE REVOLUCIONARIA INTERNACIONAL

Por Carlos Petroni
I. Los 90: el fin de una época, el triunfo de la reacción
II. Los límites impuestos a la recomposición del movimiento de masas: la conciencia y la crisis de dirección
III. Nuevos proyectos de la izquierda radical
IV. El problema de conciencia agravado por el tipo de organización
V. Los países emergentes, re-distribución de las fuerzas productivas: China, Brasil, India

VI. El planeta en crisis.
VII. La segunda agonía mortal del capitalismo imperialista
VIII. Actual coyuntura económica política y social

IX. Tesis sobre la acción revolucionaria y el partido que necesitamos




I. Los 90: el fin de una época, el triunfo de la reacción

Es muy difícil hacer un análisis de la situación actual y tratar de pronosticar en líneas generales un desarrollo sin intentar el comprender de qué situación venimos. Esto último requiere de una especial atención porque el presente coincide con el final de una época, la de la Revolución Socialista, de tres periodos consecutivos y relacionados: un periodo de luchas defensivas (los 60 y 70), otro de combinación de dictaduras y “reacción democrática” (los 80), coronado por el periodo o década reaccionaria de los 90, las transiciones que se dieron desde el final de esta y la apertura de un nuevo periodo que, a su vez, puede ayudarnos a vislumbrar una nueva época histórica.

Los rasgos generales de los antecedentes de la actual situación son:

El fin de una época, la de la Revolución Socialista. Se da con la caída de la Unión Soviética y los estados del Este de Europa a principios de los 90. En los últimos periodos de esta época encontramos subsumidas una etapa o periodo de grandes luchas defensivas de masas como la revolución centroamericana, la lucha de masas en Filipinas, Palestina, Argentina, México, Sudáfrica y la propia Europa Occidental (60 y 70), una de transición de dictaduras y reacciones “democráticas” (finales de los 70 y comienzos de los 80) y el periodo que se da al cierre de la época, de la “década infame”, el periodo de los reaccionarios 90.

Luego de un proceso de transición en la cual el centro de la disputa es la revolución política o la contrarrevolución restauradora capitalista, esta última se impone en el Este Europeo y en la ex Unión Soviética y se da la transformación de parte de la burocracia estalinista en burguesía.

En la transición se refleja el cambio cualitativo de la acumulación cuantitativa de grandes luchas, grandes traiciones y la incapacidad de las direcciones del proletariado de todos los periodos desde la posguerra por resolver a favor de este la contradicción entre la existencia de estados obreros estalinizados que requerían una revolución política y el capitalismo imperialista.

El final de esta época que vio sucesivamente el surgimiento, consolidación, decadencia, termidor, y finalmente la caída de la burocracia estalinista y el subsecuente desplome de los últimos frutos de la Revolución Socialista de Octubre del 17, fue vista con justificada razón como una derrota histórica por grandes sectores del movimiento obrero internacional.

Este fue el final de una época y el cierre de una situación de grandes luchas defensivas. El capitalismo pudo proclamar “el fin de la historia”, es decir de la lucha de clases, con absoluta confianza.

Salvo en algunos sectores de vanguardia, la percepción general fue que el fin de la Unión Soviética y de los Estados Obreros del Este de Europa marcaron el pico de una contrarrevolución capitalista, que en realidad había comenzado con la derrota histórica del proletariado ruso que significo el ascenso y consolidación del estalinismo en el poder antes de 1930.

Después del colapso, la rendición. Las direcciones de los procesos de Palestina, Centroamérica (FSLN, FMLN, Guerrilla Guatemalteca), el CNA Sudafricano y otros se rinden al imperialismo y abrazan la socialdemocracia y el destino burgués de sus proyectos políticos. Hay un giro de la socialdemocracia europea a convertirse en la representación política de la burguesía europea de la UE, pasando de ser los agentes parlamentarios de la burguesía en el seno del movimiento obrero a ser los representantes políticos directos de la burguesía en el poder.

Hoy día, independientemente de los gobiernos nacionales, la dirección política de la Unión Europea esta en gran parte en manos de la socialdemocracia. Los partidos estalinistas de ambas Europas giran intentando ocupar los lugares dejados vacantes por la socialdemocracia con éxitos muy relativos y puntuales, pero sin lograr un peso de masas ni representación parlamentaria que les sirva para jugar ese papel. Aunque subsisten añoranzas estalinistas, estas generalmente se han transformado en dictaduras decadentes en algunas regiones del este de la vieja Unión Soviética.

En Sudáfrica, la caída del Apartheid y el acceso al poder político formal de la mayoría negra representada por el Congreso Nacional Africano (CNA) representó más un cambio de régimen político, dejando básicamente las estructuras del poder económico en manos de las grandes corporaciones de propiedad blanca sin modificar las profundas desigualdades sociales y económicas que aún afectan a la mayoría negra, aunque esa mayoría obtuviera derechos civiles plenos pero que, sin el correlato económico, ha servido de poco para la liberación social.

La crisis actual del CNA, dividido en fracciones opuestas y la fractura de la alianza estratégica entre este y el PCSA son sólo manifestaciones súper-estructurales de ese continuismo opresor. Basta sólo apreciar la matanza de inmigrantes negros de Zimbabwe, Mozambique que se vienen sucediendo desde principios de enero de este año a manos de turbas de seguidores, por lo menos hasta un pasado reciente, del actual gobierno de Sudáfrica para apreciar la magnitud de la traición de la “izquierda” anti-apartheid de ese país.

En Centroamérica, tal vez una de las últimas expresiones del alza defensiva de los 70, el panorama actual es negativo.

Luego de pasar por procesos revolucionarios intensos en Nicaragua (dirigido por el FSLN que tomó el poder en 1979 para perderlo en elecciones en los 90 y retomar el gobierno a través de elecciones recientemente), El Salvador (liderado por el FMLN que hoy ocupa importantes lugares en el poder político) y Guatemala (proceso liderado por la UNGR), no han quedado trazas de esos levantamientos más que un sentimiento negativo en las masas por las derrotas infligidas a los pueblos y las traiciones de sus dirigencias.

El FSLN, el FMLN y la UNRG son hoy direcciones a lo sumo de centro izquierda y, particularmente las dos primeras acompañan los giros neoliberales de las economías de sus países y se postulan para administrar los intereses de la burguesía y el imperialismo. Todas ellas han posibilitado la reorganización capitalista en el Istmo, la caída vertiginosa de la organización sindical y la penetración imperialista a través del CAFTA. Incluso organizaciones y gobiernos socialdemócratas en Panamá y Costa Rica han cedido el paso a gobiernos de derecha, al igual que en Honduras.

En México, el régimen unipartidario del PRI se derrumbo pero lejos de significar el ascenso de la izquierda, presenció la entrega de jornadas revolucionarias por el PRD y el neo-zapatismo del Comandante Marcos quienes, alternativamente, habían sido privilegiadas como construcciones por el grueso de las viejas dirigencias de izquierda del PSM, PRT, PMT y otros que se disolvieron en esos proyectos abandonando la ruta de la revolución obrera y campesina.

México es hoy dirigido por el PAN, otrora oposición pro clerical y de derecha al PRI que preside sobre un régimen Tri partidario (PRD, PRI, PAN) y por una burguesía que rápidamente abandonó hasta los últimos prejuicios nacionaloides que caracterizaba a un PRI ya senil en décadas pasadas.

México, en la actualidad, aunque sacudida de vez en cuando por levantamientos regionales, ha profundizado su dependencia del imperialismo norteamericano a través de NAFTA y cercenado muchos de los derechos laborales y las exiguas conquistas de la revolución de 1910, particularmente en el terreno agrario, de hidrocarburos y derechos sociales, en franco proceso de liquidación. En el último año solamente, más de 3.000 asesinatos relacionados al narcotráfico y los secuestros, indican a las claras la decadencia política de México.

Alrededor del mundo, los liberales se vuelven conservadores, los conservadores se vuelven de ultraderecha o fundamentalistas o fascistoides. Los estalinistas quieren ser socialdemócratas y no pocos maoístas y trotskistas compiten con ellos. Todo el espectro político, de todos los matices, gira a la derecha, a escala global.

A partir de estas derrotas de finales de los 80 y principio de los 90, y como producto de ellas y de un retroceso mundial de la conciencia, se facilita la década reaccionaria de los 90 que se da a nivel mundial y se caracteriza por una derechización de la política en general, desde el imperialismo a las semicolonias y en el dominio absoluto de un sistema económico a escala mundial, por primera vez desde la Revolución Rusa: el capitalismo e imperialismo.

China, Vietnam y Cuba giran hacia formas de producción y explotación capitalista. Rusia y las ex repúblicas de la Unión Soviética restauran el capitalismo e instituyen regimenes y gobiernos antidemocráticos y represores.

China completa su giro hacia las nuevas formas de sistema en los 90, Cuba y Vietnam están aun en transición hacia él. En la Argentina, la expresión de la derrota y el retroceso de la conciencia de los 90 toma la forma de la década Menemista: el Menemato. En México termina el ciclo del capitalismo de estado del PRI, ya exhausto y minimizado después de siete décadas en el poder y asume el poder el más crudo neoliberalismo interpretado por el PAN.

Este retroceso no se vio disminuido por la aparición de un fenómeno altamente progresivo como resultado de la crisis: la desaparición del aparato estalinista mundial apoyado en poderosos estados obreros burocratizados. El vacío de poder dejado por el estalinismo en su desplome no fue ocupado por nuevas direcciones revolucionarias ya que la retirada generalizada y la regresión en la conciencia producida por el aspecto de derrota del fenómeno se convirtieron en prevalentes.

Regresión de la conciencia. La expresión más avanzada del retroceso de la conciencia es el surgimiento como fenómenos de masas del fundamentalismo islámico en el Medio Oriente, partes de África, Pakistán e Indonesia, del fundamentalismo hindú en la India, el cristiano en los EEUU y algunas áreas semicoloniales bajo su influencia (Ej.: Centroamérica) y la radicalización del fundamentalismo sionista.

Este fenómeno del fortalecimiento del fundamentalismo religioso es mundial, ya que incluso se nota su crecimiento en países tradicionalmente laicos u otrora monopolizados por un catolicismo más moderado.

Este último también gira cada hacia posiciones cada vez más conservadoras y que sólo parcialmente se expresa en la asunción consecutiva de nuevos papados a la derecha de los anteriores.

La renovada virulencia de la Iglesia Católica en relación a cuestiones sociales como el aborto, el divorcio, las relaciones gay, no son sino manifestaciones visibles de una política de la iglesia por renovar su actividad política influyendo sobre gobiernos y regimenes burgueses con la intención de presionarlos hacia la derecha.

La Iglesia, bajo el presente papado, ha procedido incluso a desafiar a la ciencia oponiéndose a los avances de la genética, la investigación biológica y hasta la aeroespacial.

De esa forma, la Iglesia Católica cede a las presiones históricas por un lado del fundamentalismo religioso (ya sea cristiano, musulmán, hindú o judío) acercándose a sus posiciones y por el otro retoma su metodología de presión sobre los gobiernos burgueses tradicionales para allanar el camino hacia la derechización de estos y la propia iglesia.

El fundamentalismo religioso de todos los tipos esta hoy en el poder o comparte el poder en mas de una docena de países e influencia a centenares de millones de personas y ha logrado un lugar políticamente influyente en áreas en las que habita un tercio de la humanidad.

El creciente impacto del fundamentalismo en gobiernos y regimenes políticos burgueses tradicionales es hoy innegable y amenaza derribar las bases laicas, de separación de la iglesia y el estado y de libertades democráticas hasta hace poco consideradas tradicionales en muchos países.

El fundamentalismo religioso también se ha erigido en una barrera entre la clase obrera y su conciencia de clase en si y para si, agregando nuevas contradicciones reaccionarias basadas en la fe religiosa y los embates por la creación de estados teocráticos o profundamente influenciados por un sesgo religioso, es decir reaccionarios.

La burguesía de muchos países, como EEUU y la mayoría de los países europeos, así como las burguesías de Medio Oriente y la península sub-asiática, hicieron la vista gorda al crecimiento de este fenómeno durante décadas porque favorecía sus planes de dividir y derrotar a los trabajadores ideológicamente y facilitar la caída de regimenes laicos reformistas.

En la medida, sin embargo, que el fundamentalismo crezca y se desarrolle aún más, amenazará de muerte a la propia democracia burguesa, cada vez mas restringida en la mayoría de los países del mundo.

El trotskismo en general, como conocemos al marxismo revolucionario, y sus tendencias más importantes, son presionadas por esta situación objetiva y la debilidad de sus direcciones lo que provoca la crisis organizativa (en Argentina el estallido del MAS, la gran crisis del Secretariado Unificado, la fractura de corrientes como la del Militante, la desaparición de otras como el Comité Internacional y el estallido de la LIT, luego la UIT, el Lambertismo y otras) y se da una marcada tendencia a la social democratización de sus programas y métodos de intervención en la lucha de clases, aunque a veces disimulados detrás de una retórica radical.

La tendencia a la adaptación del programa y la acción a los procesos electorales son notables.

Los sectores conocidos como el neo estalinismo, el neo maoísmo y el “anti-revisionismo” filo estalinista no escapan a esta crisis y estallan en centenares de fracciones.

El ejemplo más evidente de este último fenómeno es la revolución en curso en Nepal donde más de media docena de partidos maoístas se disputaban la dirección de la lucha anti-monárquica o incluso, uno de los más importantes entre ellos, aceptando posiciones en el gobierno. Y China, la cuna de estos partidos, apoyando políticamente el mantenimiento del régimen feudal prácticamente hasta que su caída se hizo inevitable.

Después de las más recientes elecciones, dos partidos maoístas obtienen, juntos, una mayoría en el parlamento sólo para lanzarse decididamente a asegurar a propios y extranjeros que no se proponen sobrepasar los márgenes del capitalismo y a primera vista no se proponen ir más allá que el reemplazo de la monarquía por algún otro régimen compatible con el capitalismo y los intereses de los poderosos vecinos: India y China.

Intento de recomposición del movimiento de masas. A partir de la llamada Batalla de Seattle en 1999, el surgimiento del movimiento anticapitalista en los países avanzados y la recomposición paulatina del movimiento de masas en Europa, Latinoamérica y partes de Asia se comienza a cerrar entre 1999 y el 2001 la década reaccionaria.

Se vislumbra entonces que la nueva época podría estar signada por la recomposición del movimiento de masas en medio de la segunda agonía mortal del capitalismo/imperialismo. Surgen los movimientos antiglobalizadores en EEUU, México y otros países y el anticapitalista en Europa que congrega, en algunos momentos, centenares de miles de jóvenes estudiantes y obreros en manifestaciones radicales contra las reuniones internacionales del puñado de gobiernos imperiales que manejan los destinos del mundo.

Este periodo de recuperación de la resistencia de masas se ve abortado por los ataques terroristas del 11 de septiembre en Manhattan y la gigantesca contraofensiva política militar del imperialismo a partir de ellos. Colapsa el incipiente pero masivo movimiento anticapitalista en Europa y el antiglobalizador en EEUU.

Aquí cabe mencionar la crisis revolucionaria de Argentina en diciembre del 2001 o las grandes movilizaciones en Venezuela que llevan al poder a Chávez a través de una vía electoral de finales de los 90.

Vemos a estos como reflejos de la recuperación de las luchas que se venia gestando antes de los atentados a las Torres Gemelas, o sea del periodo anterior, pero también como la demostración de una reserva del ánimo de resistencia en el seno de sectores de masas que recomenzara a manifestarse en el inicio del presente siglo.

La coyuntura reaccionaria se impuso totalmente en los EEUU, inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre, y la invasión y ocupación de Afganistán sólo encontró una pequeñísima oposición en la ciudad de San Francisco y una aprobación superior al 90% en el resto del país.

No hubo mayor oposición en ningún sitio del planeta, lo que demostraba, aunque fuera temporalmente, un triunfo ideológico electrizante del imperialismo sólo comparable, aunque temporalmente más efímero, al declarado “fin de la historia” después de la caída del muro de Berlín y la Unión Soviética.

Hasta el día de hoy, el gobierno de EEUU no ha logrado probar su tesis fundamental de que el Talibán tuviese una relación directa con el 11 de septiembre. Pero a nadie parece importarle.

La guerra contra Irak y su consecuente invasión fueron creando paulatinamente un movimiento de oposición a la misma. Pero en un primer momento, más allá de los reclamos diplomáticos de Francia y otros países sobre la unilateralidad de EEUU, este actuó sin ningún límite político, militar o legal, doméstico o internacional.

El sólo hecho de que más de 300,000 personas hayan sido asesinadas, incluyendo miles de norteamericanos, en una guerra y ocupación basada en falsedades y mentiras (armas de destrucción masiva inexistentes, peligros nucleares fantasiosos y relaciones entre Saddam Hussein y al-Quada que no existían) prueban la hipocresía de las “democracias” occidentales y la impunidad con que actuó y actúa el imperialismo norteamericano.

Las cárceles y vuelos secretos de transporte de prisioneros de la CIA en Europa, Turquía, Medio Oriente y la prisión ilegal de Guantánamo, la existencia de miles de “desaparecidos” en las cárceles norteamericanas de origen árabe o de países musulmanes, las restricciones a los derechos humanos impuestas por el Acta Patriótica y la militarización de aspectos de la sociedad norteamericana son una primera avanzada, la preparación de un terreno de evolución del régimen político norteamericano hacia formas antidemocráticas muy profundas.

Es de notar, sin embargo, que estas medidas precursoras y preparatorias del terrorismo de estado fueron aplicadas hasta ahora en forma selectiva y que, a pesar de su retórica, la política interna de Bush no ha estado más a la derecha que la de Bill Clinton en aspectos sociales o económicos. Su política exterior (guerras contra Irak y Afganistán y la ocupación de ambos países) no representó, como bien plantea Perry Anderson, una “ruptura” sino un “escalada” de la política imperialista. Con la colaboración de Europa, los gobiernos de Bush Sr. y Clinton ya habían sometido a Irak a sanciones, acciones militares, bombardeos, la división de hecho del país durante anos. Y ya casi nadie menciona la guerra a gran escala con bombardeos masivos e invasión parcial de Yugoslavia, y su desmembramiento, ocurrida durante las presidencias anteriores a George W. Bush.

En términos económico-sociales, fue Clinton quien adelantó una lucha frontal contra los inmigrantes y sepultó grandes porciones del “welfare state” de los norteamericanos y fue durante su presidencia que se aceleraron los ritmos de pérdidas de seguros médicos para millones de norteamericanos y una política neoliberal de recorte del estado y aumento de los beneficios para las grandes corporaciones. El cinismo con que se intentó justificar tanto la invasión de Afganistán como la de Irak o con el que se trata de explicar el giro a la derecha de la burguesías no ha cesado, sino que se ha trasmutado.

A los liberales norteamericanos, devenidos en neoliberales, no les interesa tanto la historia política del Bushismo, porque de ella son participes con sus votos y a veces sus iniciadores, sino el presente.

Lo que podría haber pasado de una coyuntura reaccionaria a periodo (y no solo de los EEUU) quedo, sin embargo, temporariamente a medio camino, reducida a la contraofensiva imperial en todos los campos (militar, político, económico y social) que pronto encontró resistencias y desprestigio. Solo la presente crisis económica intervino nuevamente para cambiar el signo y facilita el lanzamiento de una nueva ofensiva reaccionaria.

Aunque la ofensiva después del 11 de Setiembre logro infligir daños mayores a los pueblos de Irak, Afganistán, Líbano y Palestina estos se vieron mediatizados por la derrota militar en curso, el odio que generó en vastos sectores de masas alrededor del mundo y en la creación de cada vez mas regimenes y gobiernos en Latinoamérica, Medio Oriente y otros continentes que expresan una amplia y profunda desconfianza en el “liderazgo” de los EEUU. Las reservas de masas en Latinoamérica, el subcontinente asiático y Europa en menor medida, son expresión de esa desconfianza y pérdida de influencia.

Sin embargo, esos elementos positivos de la situación fueron contrarestados a mediados del 2008, primero con la explosión de la burbuja inmobiliaria seguida por la crisis financiera internacional. Al no contar el movimiento obrero con nuevas direcciones combativas y revolucionarias y al hallarse su resistencia de la etapa anterior en sus primeros pasos hubo una retracción aprovechada por la burguesía para relanzar su ofensiva, hoy en curso.

Pero no todas son rosas para la burguesía internacional. En España, inmediatamente después de los ataques terroristas del 11 de marzo del 2004, una movilización multitudinaria forzó la caída del gobierno de Aznar y el anuncio del retiro de las tropas españolas de Irak.

Esa revulsión a los acuerdos de gobiernos de Europa y otros continentes han sido desde entonces fuente de intermitentes problemas políticos para ellos, sólo mediados por la estrategia de EEUU de armar un bloque contra Alemania, Francia y Rusia con los países del este recientemente incorporados a la UE, el desarrollo de conflictos regionales como el existente entre Pakistán y la India sobre Cachemira o de Colombia con Ecuador y Venezuela y la creciente presión ejercida sobre gobiernos y regimenes considerados “independientes” por Washington como Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Las reservas del deseo de luchar de las masas se manifestó distorsionadamente en las grandes movilizaciones sociales, y en algunos casos electorales, que dan surgimiento a los gobiernos de Lula (Brasil), Tabaré Vázquez (Uruguay), Evo Morales (Bolivia), Kirchner (Argentina), Correa (Ecuador) que se vienen a sumar al proceso venezolano que empezó como un primer esbozo de recuperación de la década reaccionaria a finales de los 90 y que no permitieron en gran medida un asentamiento de la coyuntura reaccionaria impuesta por la contraofensiva imperial después del 11 de septiembre a nivel Latinoamericano.

Sin embargo, todos estos gobiernos, unos mas u otros menos, son la versión tamizada, mediada y contenida del ascenso de los trabajadores y las masas y que crearon una barrera, débil, ante la ofensiva nortemericana después del 2001.

Todos esos gobiernos provienen de las movilizaciones pero representan variables de preparación del retroceso o de encauzamiento hacia nuevos acuerdos con el imperialismo. Eso se hace más que evidente ante la crisis desatada en la economía desde mediados del 2008.

Es notable entre todos ellos, la ausencia de prevenciones, por ejemplo, sobre la dirigencia Demócrata de EEUU de Barak Obama y Joe Biden, en las que tienen puestas las esperanzas de un cambio de relación sustancial de sus relaciones con el imperio.

Con la virtual aprobación de los Demócratas de Obama, una versión disminuida y aggiornada del otrora también candidato Demócrata negro Jesse Jackson, una primera lluvia de realismo comienza a caer sobre estos regimenes: Obama no se ha pronunciado por la retirada inmediata de las tropas de Irak sino por una equivoca transición hacia la “Iraquizacion” del conflicto (tomada del manual de “Vietnamizacion” de Lyndon Johnson y Richard Nixon), se nombro amigo de Israel y enemigo de Irán, ha dicho que sostendrá en lo esencial la política anti-inmigrante y ha tenido un discurso agresivo en relación a Venezuela y Cuba, entre otros países.

Desde su ascenso a las gradas del poder político, Obama ha formado un equipo de gobierno que enlaza a conservadores, liberales y aun a algunos de la administración Bush. Por supuesto que algunas medidas como las tibias anunciadas de reformas a la política del medio ambiente y el anuncio de planes de inversiones en la infraestructura han atraído las esperanzas de sectores obreros de EEUU. Pero en términos de la política imperial, esos mismos planes acicatearán una política más intervencionista a nivel mundial para tratar de mantener una hegemonía global que se le esfuma.

El movimiento anti-guerra que surge en forma masiva a partir de fines del 2002; el empantanamiento y derrota yanqui en Irak que comienza un año después de su ocupación en el 2003; el creciente deterioro de la ocupación de Afganistán a partir del 2006; las grandes votaciones del trotskismo francés en el 2002 (2.8 millones de votos de LO y la LCR); la revolución en Nepal que se profundiza a partir del 2006 y estalla en el 2007; las grandes manifestaciones obreras y populares de España que terminaron con la presencia de ese país en Irak y con el gobierno de Aznar, hecho y personaje a quienes responsabilizaron de los atentados terroristas del 11-M; la “Rebelión de los Pingüinos” en Chile y las masivas manifestaciones de inmigrantes latinos en EEUU en el 2006; el levantamiento de Oaxaca del 2007; las grandes huelgas del transporte en Francia y Alemania del 2007; Italia, Grecia sacudidas por esporádicas huelgas; la rebelión de los jóvenes inmigrantes de los suburbios parisinos; la turbulencia política y la inestabilidad social de la India del comienzo de este siglo… estos enfrentamientos son, junto a otros hechos de la lucha de clases alrededor del mundo, signos auspiciosos de esa recuperación del movimiento de masas en el periodo post S-11 y en la entrada del Siglo XXI.

Pero ninguna de ellas ha causado aun el surgimiento de nuevas direcciones revolucionarias y garantizado la escalada de movimientos sociales liberadores. Esa falencia ha resultado que la clase obrera y sectores populares a nivel internacional no hayan aun reaccionado vigorosamente ante la crisis económica con excepciones, claro, de sectores fundamentalmente juveniles en Grecia y otros países. Han sido explosiones, grandes convulsiones, pero aún navegables por los regimenes políticos.

El péndulo del poder en la mayoría de los países del mundo, particularmente los más poderosos se ha desplazado alternativamente entre la derecha y la centroderecha y nuevamente de regreso, haciendo retroceder las viejas conquistas obreras del pasado. “Las situaciones son tan revolucionarias como lo permiten las direcciones” sostenía Trotsky en relación a los eventos de Francia bajo el Frente Popular en los años 30, cuando llegó a la conclusión de que no habría situación revolucionaria mientras no existiera una dirección política del movimiento obrero, en base a las condiciones de crisis del capitalismo, que no luchara por elevarla a tal.

Deterioro de las condiciones de vida y de las libertades democráticas. La Unión Europea, la unidad de las naciones gobernadas por la burguesía del continente donde nació el movimiento obrero organizado en sindicatos y partidos obreros hace más de 150 años y donde a finales del Siglo XIX vio desencadenarse el movimiento de masas por la jornada de ocho horas dirigido por los socialistas, ha decidido eliminar esa conquista histórica sin apenas un quejido de protesta a través de la aprobación en comité de los países participantes de la semana laboral de hasta 65 horas.

Estos países han votado ampliar por encima de las 48 horas la semana laboral, un derecho social consagrado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hace 91 años. Los ministros de Trabajo de los Veintisiete han dado luz verde a la propuesta de la presidencia eslovena que permitirá a cada Estado miembro modificar su legislación para elevar la semana laboral vigente de 48 horas hasta 60 horas en casos generales y a 65 para ciertos contratos colectivos como los de los médicos.

El opting out británico, que ha ejercitado el Reino Unido desde el año 1993 y permite que cada trabajador pueda pactar con su empresario "libremente" el tiempo de trabajo, se va a convertir en norma general europea. En cualquier caso, la directiva deberá ser aprobada por el Parlamento Europeo y aunque algunos miembros de este la han bloqueado temporariamente, el solo hecho de que cuente en el con apoyo mayoritario es una clara expresión de la voluntad de la burguesía de los países imperialistas de avanzar lo mas posible en el camino de hacer pagar a la clase obrera de sus países y del mundo por la crisis económica desatada por sus políticas.

Nueva legislación europea contra los inmigrantes. Recientemente, los países de la Unión Europea han aprobado una resolución que adelanta la posible decisión de sus países miembros de dotarse de legislación que les permita detener hasta por dieciocho meses y deportar a los inmigrantes indocumentados. En la práctica, países como Italia, Francia, Inglaterra y otros habían aprobado distintas legislaciones anti-inmigrantes rigurosas y la severidad de su aplicación varia de país en país. En toda Europa funcionan organizaciones y partidos xenófobos, fascistas y de ultra derecha que han demostrado un creciente vigor y fortaleza en los últimos años y alcanzado cifras electorales sustanciales basadas, entre otras medidas, en ataques furibundos contra los inmigrantes.

La falta de escuelas, las discriminaciones culturales y, sobre todo, la pobreza son algunos de los factores que contribuyen a que en el mundo haya más de 218 millones de niños trabajadores, la mitad de ellos realizando tareas peligrosas, según datos de la OIT. Pero estos datos de la organización internacional son incompletos ya que sus estadísticas no cubren vastas zonas del orbe fuera del alcance de sus investigadores ni algunos de los países que consideran esa práctica absolutamente normal. En el medio de esta situación, la burguesía ni siquiera se propone erradicar esta enfermedad social de raíz sino simplemente alejar a los niños de las más funestas de las prácticas comerciales como la prostitución y la pornografía, admitiendo con ello que en tanto elevación social de la niñez, el capitalismo no ofrece nada más que pulir sus aristas mas repugnantes, aunque sin prometer éxito.

Crisis de la democracia burguesa. Si en algo se ha destacado el capitalismo y el imperialismo, superándose, es en la crisis de su propia forma de representación política: la democracia burguesa.

Nacida como la forma de establecer los parámetros de su dominación, los capitalistas entendieron desde el principio, los rasgos antidemocráticos e hipócritas de sus propios regimenes políticos.

La “democracia” como estaba prevista en sus inicios era la toma de decisiones en nombre del resto de la sociedad por parte de los hombres, blancos y propietarios. En la ausencia de blancos dispuestos a gobernar usurpando los derechos de los demás mestizos, hombres y propietarios o aún hombres de color, siempre y cuando fueran propietarios, podían ser formas, aunque inferiores, de dominación “democrática” de la sociedad capitalista.

Así como el capitalismo revolucionó las formas productivas de la humanidad, hizo falta la lucha de masas, los sindicatos y partidos obreros enfrentándose violentamente con la burguesía para lograr que esta no utilizara, como lo hizo en sus inicios, las formas mas brutales de explotación feudal en las industrias, reemplazando la servidumbre agraria por la servidumbre de las fábricas.

Si la burguesía hubiese impuesto su modelo productivo con las formas sociales y políticas previstas, sin una resistencia de masas desde su mismos albores, los obreros que eran millones de campesinos arrancados del agro, seguirían trabajando en jornadas de 12, 16 y 20 horas en condiciones miserables, chapoteando en la mugre de los galpones de la Revolución Industrial o sus equivalentes modernos.

De la misma forma, las grandes movilizaciones de masas de los trabajadores, los negros, las mujeres, los pobres fueron combatiendo el sistema de exclusión que era la democracia burguesa.

Muchos debieron morir para que los no propietarios, los negros, las mujeres pudiesen acceder al derecho al voto. Guerras civiles y revoluciones se necesitaron en algunos casos para eso y para pasar de sistemas políticos autocráticos a sistemas parlamentarios, del voto calificado y cantado al voto universal y secreto, de la representación sólo de los ganadores a cierta participación de las oposiciones, del fraude y la compra de votos a las prácticas de control de las votaciones con normas más sutiles.

Estas luchas duraron más de un siglo arrancando concesiones una por una como subproducto de las manifestaciones de masas, los enfrentamientos armados y las sublevaciones, tanto en el plano de la representación política como en la de los derechos laborales.

La burguesía nunca tuvo como proyecto entregar estas reformas sin hacerle pagar a la sociedad un alto precio en vidas, encarcelamientos, persecuciones y represión.

Para muchos burgueses del Siglo XIX, el ideal era una combinación de monarquías constitucionales con representación burguesa en un parlamento totalmente cerrado a las clases explotadas.

Las luchas por la democratización de la democracia burguesa llegaron a su pico a principios del Siglo XX, para caer en picada durante las pre-guerras mundiales, licuarse durante la segunda conflagración mundial, tener una primavera post-guerra, particularmente de la mano de las revoluciones anticolonialistas y comenzar un ciclo de decadencia y regresión casi continua desde entonces.

Hoy día la democracia burguesa, aún en sus formas mas limitadas, no existe en una docena de países de África, en algunos países latinoamericanos, en países del Medio Oriente y no la aplican gran parte de las masas asiáticas.

En esos países viven más de la mitad de la población del planeta. En aquellas regiones que se rigen por la democracia burguesa, esta ha retrocedido notablemente al compás de la decadencia de las organizaciones políticas y sindicales de los trabajadores que sostenían las reformas anteriores a expensas de la resistencia contra ellas de la burguesía.

Sistemas bipartidarios rigen en países del mundo occidental, notablemente EEUU, al precio de la exclusión casi total de toda forma de organización alternativa.

O un sistema bi-coalicional como en la India o extremadamente regulada y excluyente como en Inglaterra, México y otros países.

Los regimenes burgueses han re-adoptado incrementalmente formas de concentración del poder en el ejecutivo, cercenando los poderes de las cámaras legislativas y parlamentos y el poder judicial con una tensión permanente por sujetar a estos dos poderes a regimenes presidencialistas o ejecutivos extremos.

En los pocos países donde se ha logrado cierta representatividad de los congresos y parlamentos, estos han visto limitados su papel a meros apéndices del ejecutivo o a instituciones simbólicas.

Los partidos minoritarios tienen una tendencia creciente a no contar con representación ya que la proporcionalidad directa y sin piso sólo existe en no más de media docena de países.

La exclusión de clase ha regresado como una venganza histórica de la burguesía, esta vez de la mano de la monopolización de los medios de difusión en pocas manos, el costo fabuloso de las campañas electorales que prácticamente excluye a quienes no son millonarios o son candidatos elegidos por los millonarios y la distribución de distritos en forma arbitraria, métodos de elección no representativos y el retorno del fraude masivo y la coerción de los votantes configuran barreras insalvables tal cual están planteadas para cualquiera que desee desafiar a los partidos gobernantes o de la burguesía.

Periódicamente, la burguesía apela a las proscripciones, la represión o simplemente el golpe de estado para garantizar su dominación. Esta crisis del régimen democrático burgués en un caso y el de sus limitaciones cada vez mayores por otra, responden directamente a la crisis de las organizaciones de masas: los sindicatos y partidos políticos y los intentos constantes de la burguesía, y sus agentes la burocracia sindical y de los movimientos populares, por transformarlos a ambos en cascarones vacíos.

Hasta hace dos décadas atrás, el Partido Laborista inglés y otros partidos socialdemócratas europeos tenían una vida interna de cierta intensidad. Reuniones de “branches” o seccionales donde los afiliados al partido se reunían, debatían, tomaban resoluciones, proponían y votaban candidatos.

En ese marco surgían diferentes tendencias y fracciones, sobre todo en sus seccionales obreras y en la juventud de los partidos, muchas de las cuales se ubicaban a la izquierda de la dirección partidaria y en muchas ocasiones estaban influenciadas por corrientes de izquierda radical o revolucionaria.

Respondiendo a una tendencia continental europea, el “New Labour” giro hacia el neoliberalismo y destruyó sistemáticamente la vida interna de la organización, convirtiendo al partido, como hicieron otros en el continente, en meros aparatos electorales basados en campañas televisivas, radiales y de carteles pagos en las carreteras y barrios.

El activismo de base fue prácticamente diezmado, eliminado en muchos casos, puesto bajo severos controles en otros. Muchos locales donde antes se desarrollaba la vida política y hasta social de las organizaciones fueron cerrados permanentemente o abiertos sólo durante campañas electorales.

Esta “americanización” de los partidos burgueses europeos, tomado del manual de organización política de EEUU donde el Partido Demócrata y el Republicano prácticamente no existen como organizaciones de base y sus afiliados tienen derechos muy limitados, en la mayoría de los estados circunscripta a emitir un voto en las internas de por si manipuladas para ofrecer los candidatos aprobados por la dirección centralizada de las organizaciones.

Las campañas electorales norteamericanas, de grandes gastos en comerciales de televisión y pocos mítines totalmente digitados y controlados para su eventual televisación se convirtieron así en el “modelo” de los partidos burgueses de casi todo el mundo.

El concepto detrás de esta destrucción de la vida interna de los partidos burgueses evita los debates internos, el desarrollo de tendencias, el ejercicio de cualquier forma de democracia interna.

Partidos de activistas como los chilenos (Democracia Cristiana, Socialista y hasta el comunista) siguieron rutas semejantes. Lo mismo sucedió con los partidos en la India donde, por ejemplo, una oligarquía familiar, la de los Gandhi, se reserva el derecho de hacer y deshacer en el mayor partido del país y en Pakistán, donde la familia Bhuto hace lo propio con el Partido del Pueblo de Pakistán.

La propia izquierda radical ha adoptado crecientemente criterios antidemocráticos y elitistas para asegurar la continuación de direcciones arcaicas en cuya elección, y en los candidatos para elecciones, los trabajadores y jóvenes prácticamente no son incluidos.

Descomposición del movimiento sindical. El Peronismo argentino, otrora famoso por sus organizaciones masivas de base que realizaban campañas gigantescas a “tiza y carbón”, movilizando ingentes masas de obreros y jóvenes, se limita ahora a la propaganda paga (ni siquiera cuenta con brigadas de pintadas voluntarias como antes) y a la movilización clientelista de pobres quienes participan desganadamente de actos y mítines por unos pesos.

Las organizaciones del APRA peruano o el PRI mexicano, y su vástago díscolo el PRD, el PT brasileño y otros han corrido suertes semejantes en forma proporcional a la dominación burguesa de sus estructuras y la exclusión de la toma de decisiones de sus miembros.

Paralelamente, el desarrollo de las burocracias sindicales que hoy dominan casi absolutamente los organismos gremiales de todo el mundo y el vaciamiento de estas organizaciones de toda estrategia de disputa con la patronal, o limitada al mínimo posible, ha causado un vaciamiento de las organizaciones de clase.

La organización sindical en Europa ha perdido alrededor del 50% de sus miembros, con excepción tal vez de los países Escandinavos y un porcentaje menor en Alemania, donde la pérdida es tal vez del 25%.

En países como Francia las fragmentadas centrales obreras representan a menos del 10% de los trabajadores; en EEUU, los sindicatos pasaron de representar el 35% hace cuatro décadas a un 11% en la actualidad, mayormente entre los empleados del estado y los docentes.

En la Argentina, la sindicalización disminuyó de un 80% en sus épocas pico en los 70 a una irrisoria representación del 35% en la actualidad. En Centroamérica, México, en los países asiáticos por fuera de China, en África, la hemorragia de miembros ha conocido los mayores niveles históricos. Este es un fenómeno de pérdida de representatividad, el mayor desde el surgimiento de los sindicatos en el Siglo XIX y su masificación en los inicios del Siglo XX.

Esto no sólo es el producto de los ataques constantes de la patronal y el estado contra toda forma de oposición gremial, las privatizaciones de empresas estatales en cuarenta países en la década del 90 y las derrotas de procesos revolucionarios de los 70 y los 80, entre otros factores.

También ha sido una razón poderosa el surgimiento de burocracias sindicales rapaces, corruptas y antidemocráticas que, en muchas instancias, impiden toda manifestación de reclamos en sus organizaciones, impiden la democracia interna a toda costa y utilizan las organizaciones gremiales para el beneficio, en muchos casos económicos, de sus dirigentes más que como formas organizativas de lucha por los intereses del conjunto.

Hay ejemplos extremos como el caso argentino donde la burocracia sindical en los 90 acepto la reducción de sus afiliados en un 30% a cambio de beneficios y negocios como Obras Sociales, la administración de seguros y subsidios estatales como reemplazo de los mismos.

La burguesía ha ido acumulando legislación antisindical en abundancia desde la aparición misma de las organizaciones gremiales. Estas surgieron desafiando las leyes del momento e impusieron su presencia, representatividad y fortaleza a través de la acción directa concertada de los trabajadores. Desde entonces, la burocracia sindical ha ido aceptando progresivamente las limitaciones a la lucha y las presenta, junto a la patronal, como reglas sacrosantas:

1. La regulación de la creación de nuevos sindicatos (proceso NLRB en Estados Unidos, Leyes de Asociaciones profesionales, etc) siempre a favor de la burguesía y de la burocracia sindical a expensas de la democracia sindical o la asociación voluntaria de trabajadores.

2. La conciliación obligatoria, donde el estado burgués, que se presenta como órgano “neutral” es el encargado de conciliar las diferencias entre patrones y obreros.

3. Las sanciones contra dirigentes obreros y organizaciones sindicales, donde se llega a la desafiliación masiva obligatoria, la intervención o disolución de sindicatos, etc.

4. La represión sistemática cuando la propiedad privada patronal o su poder resolutivo, elementos que los sindicatos surgieron para limitar, son amenazados.

5. El aplastamiento de toda oposición clasista, combativa y democrática al interior de los sindicatos o durante las luchas en acciones combinadas de la burocracia sindical, la patronal y el estado.

La caída del muro de Berlín, de la Unión Soviética y posteriormente de todos los Estados Obreros del Este de Europa y el triunfo de la reacción mundial en los 90 también trajo aparejado la crisis organizativa y perdida de representatividad de los otrora partidos obreros reformistas y comunistas que no han sido hasta la fecha reemplazados por organizaciones obreras igualmente poderosas.

Es decir, la crisis y cercenamiento de las libertades democráticas bajo los regimenes democráticos burgueses tiene una correspondencia directa con la crisis y en muchos casos la liquidación de los partidos políticos, burgueses y obreros, y las organizaciones gremiales dirigidas por estos últimos.

Esta situación, de crisis mundial de la democracia burguesa, los partidos políticos y la decadencia de los mismos y las organizaciones sindicales, además de su burocratización extrema hace necesario el restablecimiento de un programa democrático y revolucionario obrero para la reforma radical o reemplazo de las organizaciones de clase existentes y la exigencia, como base para la movilización revolucionaria, de vastos sectores de la clase en base a consignas democráticas que, dada la situación cada vez mas endeble de la misma democracia burguesa, se transforman cada vez mas en consignas de transición.

II. Los límites impuestos a la recomposición del movimiento de masas: la conciencia y la crisis de dirección

Estas manifestaciones de las luchas de los trabajadores, la juventud y el pueblo en muchos países chocaron con el atraso de la conciencia generado por la década reaccionaria de los 90, fenómeno manifestado en forma material en el desmoronamiento de las organizaciones revolucionarias y, en general, las organizaciones de clase, incluyendo los sindicatos, la “flexibilidad” ideológica e inconsecuencia de los gobiernos “progresistas”, “populistas” y “nacionalistas burgueses” y el pragmatismo socialdemocratizante de la izquierda en general.

El movimiento de masas se estrella frenado por su conciencia. Rápidamente, los nuevos gobiernos de Lula, Tabaré Vázquez, Kirchner y Bachelet mostraron la esencia de gobiernos que, con retórica anti-neoliberal venían a proseguir, una política burguesa similar a la de sus predecesores y al servicio de los grandes capitales.

En el caso brasileño a favor del desarrollo imperialista del país, en los casos de Uruguay, Argentina y Chile de adaptación a este y a los imperialismos norteamericano y europeos.

En el plano de los derechos democráticos, la retórica kirchnerista sobre DDHH se demuestra ineficaz para acelerar los juicios del genocidio y comienza a mostrar una estrategia de “Obediencia Debida y Punto Final II,” limitando en los juicios las penalidades a un puñado de oficiales superiores y por pocos casos y presionando para que no se avance en la Causa Triple A que comprometería a muchos de sus aliados de hoy.

Se desdibuja aún más frente a su política represiva selectiva contra la izquierda y los que salen a luchar contra la patronal y por fuera del control de la burocracia sindical (Casino, DANA, Subte, etc.).

Vázquez, Bachelet y Lula ni siquiera intentaron la retórica. Evo Morales preside sobre una política polarizada en la cual responde con la atomización étnica a los deseos autonomistas regionales de la burguesía y oligarquía bolivianas de Santa Cruz y otros departamentos (provincias) y opone a la política de sujeción absoluta al imperialismo norteamericano y brasileño de estas, una visión de “Capitalismo Andino” utópico y reaccionaria de pequeños burgueses con micro emprendimientos y una autonomía económica por fuera de los mercados internacionales.

Alrededor de los hidrocarburos se han hecho discursos “progresistas” de todo tipo. Sin embargo, las “nacionalizaciones” de Ecuador, Bolivia y Venezuela no son sino incrementos de la participación estatal en la renta sin tocar mayormente los intereses y los derechos propietarios de la compañías imperialistas petroleras que siguen explotando los recursos de estos países o consolidando, a los sumo, una visión de capitalismo de estado.

No ha habido ni expropiaciones sin indemnizaciones, ni control obrero, sino aumento de la renta al estado y un intento, no siempre logrado, de mayor control administrativo. En esencia, las “reformas” en la explotación de hidrocarburos no han excedido las condiciones en que los mismos se explotan en Arabia Saudita, Kuwait u otros países de la cuenca petrolera del Medio Oriente, regimenes a quienes nadie se atrevería llamar “progresistas”.

A pesar de la magnitud de las movilizaciones de los inmigrantes en EEUU, no surgen de ella organizaciones de masas, ni revolucionarias que planteen la verdadera cuestión de la liberación nacional al interior del imperialismo y para el cual, las consignas democráticas como “legalización”, “amnistía” o “regularización” del estatus de los inmigrantes no serían sino los primeros y necesarios pasos.

La conciencia que primo en estas movilizaciones de “integración” y no de “autodeterminación” se dio en condiciones totalmente diferentes a la de su contraparte por la “integración negra” de los 50 y los 60.

Hoy día, el imperialismo no esta siquiera en condiciones de otorgar las migajas de legislación antidiscriminatoria del pasado y respondió con represión y mayores controles fronterizos a la oleada de luchas democráticas esencialmente por parte de los inmigrantes latinos.

Este movimiento que sacudió al país se dispersa y atomiza y el gobierno de Bush endureció la represión en la forma de redadas de ICE a lugares de trabajo y comunidades, conjuntamente con un refuerzo de los controles fronterizos.

Muchos de los caudillos comunitarios, políticos y sindicales se volcaron al apoyo irrestricto del Partido Demócrata, un verdadero callejón sin salida. La mayoría de los latinos en condiciones de votar en las internas del Partido Demócrata, lo hicieron por Hillary Clinton. Y después en las elecciones generales, por Obama. Todo un testimonio de la realidad.

Algo similar sucede con el movimiento anti-guerra. En los EEUU, iniciado por la izquierda se masifica entre el 2003 y el final del 2005.

Es entonces que el Partido Demócrata salta a su interior, crea una nueva coalición anti-guerra, ataca por “izquierdistas” a los anteriores organizadores y logra dividirlos para luego dirigir todos los esfuerzos hacia el apoyo electoral a los demócratas.

En Europa sucede algo similar a lo que se suma el creciente escepticismo de sectores de masas que ven como el poder político, a quien ha exigido el retiro de una guerra “injusta” e “ilegal” actúa con absoluta indiferencia ante sus reclamos.

El movimiento no logra trascender estas consignas limitadas y transformarse en un movimiento antiimperialista. Se reduce entonces a un frente único de opositores políticos burgueses que critican “la forma” en que fue conducida la guerra y se ofrecen “para hacerla mejor”, los pacifistas sin objetivos políticos y una pequeña fracción de izquierda que queda aislada.

Las grandes huelgas contra Chirac y en los principios del gobierno de Zarkozy en Francia, así como las monumentales huelgas del transporte en Alemania y las de Grecia e Italia, todas ellas con resultados ambivalentes, no superaron el límite de un sindicalismo reivindicativo y defensivo.

Bajo el gobierno de Chirac, por ejemplo, cuando se podría haber planteado la caída del gobierno, ni siquiera la llamada “extrema izquierda” (LCR, LO, PT) lo planteó. Después de grandes elecciones realizadas por los trotskistas franceses para las presidenciales en el 2002, este voto decayó en las últimas elecciones. En Italia, donde el surgimiento masivo del PRC como un partido radical al principio de este siglo, pronto se desmorono por el apoyo de este partido al gobierno e incluso su voto afirmativo en los presupuestos de guerra.

En Brasil se escinden sectores del PT gobernante y forman el PSOL que asume como oposición de izquierda a Lula, pero este nuevo partido se limita, al igual que el existente PSTU a criticar al gobierno por sus medidas sindicales y a construir una oposición en los sindicatos y en el plano electoral.

El programa de ambos, a pesar de la retórica, no mencionan el carácter imperialista del Brasil y se limita a levantar reivindicaciones sindicales y democráticas permitiendo que el PT y Lula desplacen su apoyo de clase basado en su estructura y programa sindical combativo que abandonan, hacia la defensa de la nación imperial. En este giro son acompañados por el mayor partido que se dice marxista del Brasil, el PCdoB.

En Argentina se profundiza un fenómeno de social democratización de la izquierda que pone el acento en campanas electorales contra la “corrupción” y por el “voto por candidatos honestos” (PO), la necesidad de “meter diputados de izquierda” (MST) o las reivindicaciones meramente democráticas y sindicales (PTS, IS, MAS).

La situación de partidos como el MST, el PC, PCR y PO se debilita aun mas después de haber asumido practicas clientelares entre los desocupados, limitándolos a demandas de ese tipo (aumento de los subsidios, entrega de bolsones de comida, etc) y que el gobierno ha desarrollado una política paulatina de recuperar para su propia distribución para cooptar a sectores como los representados por la FTV, Barrios de Pie, Movimiento Evita, etc.

El reciente conflicto del “campo” contra el gobierno sobre las retenciones fue testigo de la división de la izquierda entre quienes se plegaron al movimiento dirigido por los grandes terratenientes nacionales y extranjeros con el argumento de defender “a los pequeños propietarios” (PCR, MST y un conglomerado de pequeñas organizaciones colaterales a esta política), un sector que levanto una posición abstracta de “ni con el gobierno ni con la oligarquía” (MAS, PTS) que se redujo mayormente al propagandismo y el PO que, habiendo calificado primero el enfrentamiento como una “pueblada”, retrocede luego a la posición de aquellos del “ni con ni con”.

Un cuarto sector que se denomina de izquierda se plegó sin embagues a la política del gobierno: PC, Patria Libre, etc.

De hecho el PCR lucha, como lo hizo en muchas otras ocasiones anteriores, por la formación de un “frente popular” opositor, con la novedad que ahora se le unen a esa perspectiva partidos que antes rechazaban esa alternativa como el MST.

El PC también comparte esa línea, pero uniéndose con la burocracia sindical y los piqueteros “oficialistas” al “frente popular” pro gubernamental.

Hizo falta la acción sobre consignas “por” que pusieran al centro de la escena política la unidad de los trabajadores de la ciudad (desabastecidos y expuestos al brote inflacionario por las medidas del “campo”) y los trabajadores asalariados rurales, 1.3 millones según los reportes, que siguen súper explotados por los dueños de los campos que iniciaron el lockout patronal, quienes en un 60% trabajan en negro y que perciben los salarios mas bajos del país a pesar de estar en la producción de mayor rentabilidad del país.

El ascenso del Fundamentalismo Religioso. En Iraq, Afganistán, Palestina, Líbano la resistencia tenaz de los pueblos contra la política y ofensiva militar de EEUU y, en menor grado de Israel, ha resultado en el ascenso de las direcciones reaccionarias y fundamentalistas islámicas (Hamas, Hezbollah, Hermandad Islámica, la Jihad Islámica, Talibán, etc) que se oponen a los EEUU e Israel pero no al capitalismo e imperialismo que ellas representan ya que en el pasado fueron sus agentes y como alternativa ofrecen formas de opresión que oscila entre el capitalismo atrasado hasta el semifeudalismo y la opción de estados teocráticos.

Esto fortalece al fundamentalismo Iraní, pero también el de los grupos del mismo signo en Pakistán, Argelia, Nigeria, y aun los de signo diferente como el fundamentalismo Hindú en la India o el Cristiano en Centroamérica, EEUU y otros países.

De más esta decir, que la teocracia Sionista se refuerza también ¿Cuál puede ser la opción para los trabajadores israelíes para deshacerse del dominio de sus propios fundamentalistas si son enfrentados por otros fundamentalismos?

Estas expresiones agudamente regresivas de la conciencia no tienen, desde el punto de vista marxista, ningún futuro en tanto liberación social ni son anti-imperialistas.

Una vez consolidadas en el poder, y si llegaran a estabilizarse en el, buscarían y obtendrían una re-acomodamiento con el imperialismo para someter a sus pueblos a sistemas brutales de opresión.

Pruebas al canto: la dictadura fundamentalista Wahabi en Arabia Saudita, de cuyo riñón surgió el terrorismo de al-Quada y el fundamentalismo Shia de los mullah Iraníes.

En tanto los marxistas revolucionarios se oponen y combaten con todas sus energías contra las ocupaciones y ataques militares imperialistas y de sus socios europeos, así como Israel (ella misma un estado teocrático) contra otros países y naciones, no significa en modo alguno el mas mínimo apoyo político a estas direcciones reaccionarias.


Continua...

Capítulos I y II • Capítulos III al V Capitulos VI al VIII Tesis


 
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· Capítulos III al V
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