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marxismoSobre el Frente Unico

UN REPASO HISTÓRICO SOBRE EL PROBLEMA DEL FRENTE ÚNICO

Por León Trotsky

(Del libro Alemania, la Revolución y el Fascismo) • www.elsoca.org/index.php/publicaciones/libreria/2521-la-lucha-contra-el-fascismo


Las consideraciones sobre la política de frente único derivan de necesidades hasta tal punto fundamentales e imperativas de la lucha clase contra clase (en el sentido marxista y no burocrático de la expresión), que es imposible leer sin rugir de indignación y de vergüenza las objeciones de la burocracia estalinista. Se puede explicar cotidianamente las ideas más sencillas a los obreros y campesinos más atrasados e ignorantes, y no experimentar al ha­cerlo ningún cansancio; en este caso, se trata de poner en movimiento a ca­pas nuevas. ¡Pero qué desgracia es tener que explicar y demostrar las ideas elementales a personas cuyo cerebro ha sido laminado por el molino buro­crático! ¿Qué se puede hacer con los “jefes”, que no disponen de argumen­tos lógicos, pero que tienen a mano, por el contrario, un repertorio de inju­rias internacionales? Las posiciones fundamentales del marxismo son califi­cadas con la ayuda de un único término: “¡contrarrevolución!”. Esta palabra está terriblemente desvalorizada en boca de quienes hasta el momento, en todo caso, no han demostrado en absoluto su capacidad para hacer la revo­lución. Pero ¿qué hay de las decisiones de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista? ¿Las reconoce o no la burocracia estalinista?

Los documentos están muy vivos, y han conservado toda su significa­ción hasta la fecha. Extraigo de entre ellos —ya que son muy numerosos— las tesis que elaboré entre el III y el IV Congreso para el Partido Comunis­ta francés. Habían sido adoptadas por el buró político del Partido Comunis­ta ruso y el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, y fueron publi­cadas en esta época en distintas lenguas en los órganos comunistas. Repro­ducimos textualmente la parte de las tesis que está consagrada a la argumentación y la defensa de la política de frente único.

“... Es completamente evidente que la actividad del proletariado en cuan­to clase no cesa durante el período de preparación de la revolución. A inicia­tiva de uno u otro campo, se suceden los conflictos con los patronos, con la burguesía, con el poder del Estado. En estos conflictos, en la medida en que afectan a los intereses vitales de toda la clase obrera, o de su mayoría, o de una u otra de sus partes, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad de acción... El partido que se contraponga mecánicamente a esta necesidad... será inevitablemente condenado en la conciencia de los obreros”.

“El problema del frente único nace de la necesidad de asegurar a la cla­se obrera la posibilidad de un frente único en la lucha contra el capital, a pesar de la escisión, inevitable en nuestra época, de las organizaciones que se basan en la clase obrera. Quien no comprenda esta tarea es que conside­ra al partido como una asociación propagandista, y no como una organiza­ción de acción de masas”.

“Si el Partido Comunista no hubiese roto radical y definitivamente con la socialdemocracia, no se habría convertido nunca en el partido de la revolu­ción proletaria. Si el Partido Comunista no hubiera buscado los medios or­ganizativos para hacer posibles en cada momento acciones comunes y coor­dinadas entre las masas obreras comunistas y no comunistas (incluidas las socialdemócratas), habría manifestado por ello mismo su incapacidad para ganarse a la mayoría de la clase obrera sobre la base de acciones de masas”.

“No basta con separar a los comunistas de los reformistas, ni con ligarlos por medio de una disciplina organizativa; es preciso que esta organización aprenda a dirigir todas las acciones colectivas del proletariado en todos los terrenos de su lucha real. Esta es la segunda letra del abecé del comunismo”.

“¿El frente único se extiende solamente a las masas obreras, o incluye igual­mente a los jefes oportunistas? El hecho mismo de que se plantee esta pregun­ta es el fruto de un malentendido. Si pudiésemos reunir a las masas obreras simplemente alrededor de nuestra bandera... sin pasar por las organizaciones reformistas, partidos o sindicatos, esto sería evidentemente mejor. Pero, en­tonces, el problema del frente único no se plantearía en la forma actual”.

“Aparte de cualquier otra consideración, tenemos interés en sacar a los reformistas de sus madrigueras y colocarlos a nuestro lado, ante las masas combatientes. Aplicando esta táctica correcta no podemos más que salir ga­nando. El comunista que tiene dudas o aprensiones sobre este punto se pa­rece al nadador que ha adoptado las tesis sobre la mejor forma de nadar, pero que no se atreve a tirarse al agua”.

“Al llegar a un acuerdo con otras organizaciones, nosotros nos impone­mos, evidentemente, una cierta disciplina en la acción. Pero esta disciplina no puede tener un carácter absoluto. En el caso de que los reformistas fre­nen la lucha en detrimento evidente del movimiento para contrarrestar la situación y el estado de ánimo de las masas, nosotros conservamos siempre, como organización independiente, el derecho a llevar la lucha hasta el final y sin nuestros semialiados temporales”.

“No es posible ver en esta política una aproximación a los reformistas, sí no es desde el punto de vista del periodista que cree alejarse del reformis­mo cuando, sin salir de su sala de redacción, lo critica siempre en los mis­mos términos, y que teme enfrentarse a él ante las masas obreras y darles a éstas la posibilidad de juzgar a los comunistas y a los reformistas en condi­ciones de igualdad, en las condiciones de la lucha de masas. Este miedo a la “aproximación”, que se autodenomina revolucionario, disimula fundamen­talmente una pasividad política que se esfuerza en conservar un orden de cosas, en el que los comunistas y los reformistas tienen sus esferas de in­fluencia claramente delimitadas, sus miembros habituales en las reuniones, su prensa, y en donde todo esto crea la ilusión de una lucha seria”.

“Sobre el problema del frente único estamos viendo cómo se dibuja una tendencia pasiva e indecisa, enmascarada con una intransigencia verbal. Desde el principio salta a la vista la siguiente paradoja: los elementos dere­chistas del partido, con sus tendencias centristas y pacifistas... aparecen como los adversarios más irreductibles del frente único, escondiéndose de­trás de la bandera de la intransigencia revolucionaria. Inversamente, los ele­mentos que... en los momentos más difíciles estaban tras las posiciones de la Tercera Internacional, intervienen hoy en favor del frente único. Hoy, de hecho, son los partidarios de una táctica de espera pasiva los que intervie­nen bajo la máscara de una intransigencia pseudorrevolucionaria”*.

¿No se diría que estas páginas han sido escritas hoy contra Stalin, Ma­nuilski, Thaelmann, Remmele, Neumann? En realidad, fueron escritas hace diez años contra Frossard, Cachin, Charles Rappoport, Daniel Renoult y otros oportunistas franceses que se escondían detrás de fórmulas ultraiz­quierdistas. ¿Es que las tesis citadas —esta pregunta se la planteamos abier­tamente a la burocracia stalinista— eran ya “contrarrevolucionarias” cuan­do eran la expresión de la política del buró político ruso, dirigido por Le­nin, y cuando definían la política de la Internacional Comunista? Que no se nos intente responder que las condiciones han cambiado con posterioridad: no se trata de una cuestión coyuntural sino, como se dice en el mismo tex­to, del abecé del comunismo.

Hace diez años, la Internacional Comunista explicaba así el fondo de la política de frente único: el Partido Comunista muestra en los hechos a las masas y a sus organizaciones que está dispuesto a luchar con ellas incluso por los objetivos más modestos, a condición de que vayan en el sentido del desarrollo histórico del proletariado; el Partido Comunista tiene en cuenta durante esta lucha, en cada momento, el estado de ánimo real de la clase; no solamente se dirige a las masas, sino también a las organizaciones cuya dirección es reconocida por las masas; ante las masas, obliga a las organiza­ciones reformistas a tomar posición públicamente sobre las tareas reales de la lucha de clases. La política de frente único acelera la toma de conciencia revolucionaria de la clase, desvelando en la práctica que no es la voluntad escisionista de los comunistas, sino el sabotaje consciente de los jefes de la socialdemocracia, lo que impide la lucha común. Es evidente que estas ide­as no han envejecido en absoluto.

¿Cómo explicar entonces que la Internacional Comunista haya renuncia­do a la política de frente único? Por los fracasos y los fiascos que ha conoci­do esta política en el pasado. Si estos fracasos, cuyas causas residen no en la política, sino en los hombres políticos, hubiesen sido en su momento puestos en evidencia, analizados, estudiados, el Partido Comunista alemán habría estado perfectamente armado de cara a la situación actual, tanto desde un punto de vista estratégico como desde un punto de vista táctico. Pero la burocracia estalinista ha actuado como el simio afectado de miopía en la fábula: habiéndose puesto sus gafas en la cola y habiéndolas limpiado sin resultado, decidió que no servían para nada y las rompió contra una piedra. Cada uno actúa según entiende, pero esto no es culpa de las gafas.

Los errores en la política de frente único eran de dos tipos. Lo más fre­cuente era que los órganos dirigentes del Partido Comunista se dirigiesen a los reformistas proponiendo una lucha común por consignas radicales, que no se desprendían de la situación y que no correspondían al nivel de con­ciencia de las masas. Estas propuestas eran como disparos hechos al vacío. Las masas permanecían ajenas, los dirigentes socialdemócratas interpreta­ban la propuesta de los comunistas como una intriga encaminada a destruir a la socialdemocracia. En todos los casos, se trataba de una aplicación puramente formal de la política de frente único, que no superaba el estadio de las declaraciones; de hecho, en su misma esencia, no puede ofrecer resulta­dos si no es sobre la base de una valoración realista de la situación y del es­tado de las masas. El arma de las “cartas abiertas”, utilizada con demasia­da frecuencia y mal, se ha encasquillado y ha habido que renunciar a ella.

Hay otro tipo de deformación que ha tomado un carácter mucho más fatal. En manos de la dirección estalinista, la política de frente único se transformó en una búsqueda de alianzas al precio del abandono de la in­dependencia del Partido Comunista. Apoyándose en Moscú y creyéndose omnipotentes, los burócratas de la Internacional Comunista han llegado a creer seriamente que podían mandar en las masas, imponerles un itinera­rio, frenar el movimiento agrario y las huelgas en China, comprar la alian­za con Chiang Kai-chek al precio del abandono de la política independien­te del Partido Comunista, reeducar a la burocracia de las Trade Unions, principal apoyo del imperialismo británico, detrás de una mesa de come­dor en Londres o en las estaciones termales del Cáucaso, transformar a los burgueses croatas como Raditch en comunistas, etc. Además, esto partía de las mejores intenciones del mundo: acelerar el desarrollo haciendo en lu­gar de las masas aquello para lo que no estaban todavía maduras. No está de más recordar que en toda una serie de países, en particular en Austria, los burócratas de la Internacional Comunista se han esforzado, en el últi­mo período, por crear a partir de la cumbre una socialdemocracia “de iz­quierda” que debería servir de puente hacia el comunismo. De la misma manera, esta mascarada no ha conducido más que a fracasos. Los resulta­dos de todas estas experiencias y aventuras han sido invariablemente ca­tastróficos. El movimiento revolucionario mundial ha sido hecho retroce­der para varios años.

Fue entonces cuando Manuilski decidió romper las gafas y Kuusinen, para no equivocarse más, proclamó fascista a todo el mundo con la excep­ción de él mismo y sus amigos. Hoy el asunto es más claro y más sencillo; no podía haber más errores. ¿Qué frente único puede haber con los “social­fascistas” contra los nacionalfascistas, o con los “socialfascistas de izquier­da” contra los “socialfascistas de derecha”? Habiendo así descrito un giro de 180 grados por encima de nuestras cabezas, la burocracia estalinista se ha visto forzada a declarar contrarrevolucionarias las resoluciones de los cuatro primeros congresos de la Internacional. ■


* Trotsky, Los cinco primeros años de la Internacional Comunista, ed. rusa, págs. 345-378.


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Nota: http://www.elsoca.org/index.php/publicaciones/libreria/2521-la-lucha-contra-el-fascismo


 
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